jueves, 18 de mayo de 2017

Enemigo Imaginario


Soy de esas personas que no se conforman con una amistad. No encuentran placer en una conversación amena, ni mucho menos disfrutan de la compañía cálida. No, la excitación se despierta en el altercado, en el debate. El fuego se enciende junto con el odio. Sentir aquella satisfacción aguerrida que nace producto de una discusión. No necesito amigos, sólo a alguien a quien odiar. Pero al igual que los amigos de verdad son difíciles de encontrar, lo es aún más hacerse un enemigo de calidad.
Si buscas de hacerte de enemigos no necesitas más que hacer un par de cosas, la más rápida es contradecir las convicciones ajenas, pero esa enemistad tiene una falla, puede llegar a ser temporal, si el contrincante no es inundado por el fanatismo desmedido dudo mucho que se cree una verdadera enemistad, o en el mejor de los casos si resulta ofendido por la contrariedad el enojo es de corta duración, y en el momento que la discusión toma un camino en distinto tema, la discusión termina zanjada.
Otro método algo más efectivo es de hacerse a uno mismo enemigo de los demás, con adoptar una expresión altanera y proferir un par de comentarios insultantes, posiblemente te ganes la grima de varios. Pero con todos estos métodos llegó un momento en que no era suficiente, no conseguía encontrar a mi álter ego, no importaba cuanto buscará o cuanto me reforzará. Y sólo pude llegar a una solución.   
Al fin y al cabo el arma más poderosa es la imaginación, e hice uso de ella en su mayor esplendor. Así fue como surgió Napoleón, no se trata del personaje histórico que están pensando. No, se trata del antagonista perfecto. Lo nombre como a un gato, dándole un nombre algo cómico pero al mismo tiempo imponente. Es como aquellas personas que nombran a su perro León, cuando en vedad se trata de un canino, pero lo que nos quieren decir es que el animal es algo salvaje y peligroso. Con esa misma filosofía Napoleón fue bautizado como un militar político, porque tenía una personalidad aguerrida, y parecía que quisiera conquistar al mundo, nadie tenía la razón, sólo él, y su hobbie era imponerse sobre los demás.   
Solíamos discutir todos los días, incluso llegábamos a amenazarnos de muerte, aunque nunca pasó a mayores. Era divertido debatir con él. Nuestras discusiones se volvían eternas y cada altercado era un logro, aunque perdiera, porque lo que en verdad ganaba era un gran placer sentir aquel calor en el pecho, ser consciente de la excitación pueril.
He recibido muchas calificaciones por parte de aquellos a quienes llegué a disfrutar. Cínico y hedonista eran los más recurrentes, y muchas veces me pregunté si estaban en lo cierto, posiblemente lo estaban, porque más que insultos me caían como elogios. 
Napoleón no se creó de un día para el otro. Fue un proceso largo y tedioso. Fue mutando y evolucionando, cada vez se volvía más odioso y pendenciero. Incluso fue partícipe de mis desgracias. Una taza rota, una tostada quemada, un examen desaprobado, un trabajo perdido. Era la causa y la consecuencia de una vida solitaria. Realmente llegué a odiarlo, en la manera en la que me aislaba, pero cuando más lo odiaba más satisfacción recibía a cambio.
Nunca se me pasó por la mente la idea de deshacerme de Napoleón. No quería perder mi fuente de diversión. 
Pero llegó un momento en el que me pregunté la verdadera razón de su existencia. ¿Quién era Napoleón en mi vida?, ¿Era un simple monigote, un juguete sin significado mayor?, ¿O simplemente era a alguien que creé para hacerlo responsable de mis errores y derrotas?

jueves, 4 de mayo de 2017

Los beneficios de ser el otro


                Las luces exteriores caminaban de manera intermitente por la pared de enfrente, y cuando terminaban el recorrido volvían al principio. El vagón estaba vacío, a excepción de un hombre algo adormilado, y una anciana sentada al otro extremo, que siquiera lo había mirado una vez. 
                Había sido un mal día. El hombre había perdido su trabajo, pero en vez de sentirse enojado o triste, se sentía con sueño. Simplemente estaba cansado, de luchar contra la vida, de sobrevivir, de intentar. Cuando el tren se detuvo en la siguiente estación, descendió y arrastrando los pies caminó fuera del lugar en dirección a donde vivía. Estaba decidido a tirarse en el colchón que descansaba en su precario monoambiente y dormir por días y ya nunca despertar. Simplemente quería perderse y ya no saber nada de nada.  
                Mientras caminaba de vuelta a su hogar, con las manos en los bolsillos, y la mirada cabizbaja, percibió de perfil una sombra. Se giró en un segundo, y descubrió, que a unos metros caminaba un hombre, se tambaleaba y se sostenía de la pared más cercana. Se lo veía muy descompuesto.
                — ¿Se encuentra bien? — le preguntó cuando se acercó a él. Su interlocutor no le respondió — Obviamente no — terminó por responderse a sí mismo.
                Pasó el brazo ajeno por su hombro y de aquella manera lo acarreó hasta su precaria casa.
                — Mi casa está cerca, aguanta.      
                Los pies del enfermo daban pasos insignificantes que no eran de mucha ayuda. Agradeció internamente por no encontrarse muy lejos de su casa y de manera dificultosa lo llevó hasta su monoambiente, allí lo dejó sobre su colchón, pero con algo de vergüenza, su casa era extremadamente pequeña y desordenada, se sentía totalmente penoso llevar a alguien con un traje tan caro a una casa tan pobre.
                — Señor, ¿Cómo se encuentra? — el hombre lo sacudió un par de veces, y al ver que no recibía ningún tipo de respuesta por la otra persona comenzó a preocuparse. Lo sacudió con un poco más de vehemencia, pero eso no alteró el resultado. El desconocido seguía sin moverse.
                Comprobó su respiración y luego su pulso, y como le temía. El hombre estaba muerto.  
                Inmediatamente un breve ataque de nervios lo invadió. Lo que le faltaba, encima de haberse quedado desempleado ahora tendría que enfrentar una causa judicial donde lo apuntarían como principal sospechoso de un homicidio, porque después de todo, el hombre murió en su habitación. Este miedo fue esfumado de repente al percatarse del rostro del desconocido. Tenía un gran parecido con él mismo. Era como si se hubiera encontrado con un gemelo perdido. Lo único que los diferenciaba era la forma de la quijada y un lunar en la mejilla izquierda, que ambas cosas eran convenientemente disimuladas por su barba ya algo crecida. Pero fuera de eso, era una reproducción de sí mismo, como verse en un espejo.
                Rebuscó en los bolsillos del traje y encontró una billetera colmada de dinero, más la identificación del hombre. Jacobo Bacon, su apellido era como aquella famosa marca de electrónica. “Empresas Bacon”, cuantas veces había escuchado de aquel famoso imperio, una potencia que no solo se detenía en la invención de electrónica, sino que tenía negocios de indumentaria y comida chatarra. Si este hombre se trataba de quien creía que era, tenía ante él el cadáver de uno de los hombres más influyentes del país, y posiblemente del mundo. Y tenía la dicha que fuera patéticamente parecido a él. 
                No lo pensó mucho, ya no quería dejar de existir como antes, ante él se abría una nueva puerta, una posibilidad que si osaba de ignorar se sentiría verdaderamente estúpido.
                Primero le sacó el traje y los zapatos, y se los probó. Incluso compartían hasta la misma estructura del cuerpo, el traje le acuñaba a la perfección y los zapatos eran el talle correcto.
                Tomó una bolsa de residuo negra, y metiendo el muerto dentro se aseguró de cerrarla bien. No quería que el olor a putrefacción alertara a los vecinos, y por último escondió el bulto en el fondo de su placar cubriéndolo con su ropa vieja y edredón algo deshilachado. Y por último, siguiendo la dirección que encontró en el documento del hombre, se dirigió a su nueva casa, a su nueva vida.
                             Jacobo Bacon vivía en un piso de edificio, era un departamento amplió, enorme y colmado de muebles caros. Pero al parecer el magnate no vivía solo. Cuando entró al departamento lo esperaba una mujer, bella y delgada, de cabello anaranjado. Lo recibió con un abrazo cálido y un pequeño, pero amoroso beso.
                — Jacobo, llegaste a casa antes. Pensé que no volverías hasta mañana — decía realmente feliz.  
                — Es que trabajé horas extras para poder volver a casa cuanto antes. Ya te extrañaba — el hombre improvisó lo mejor que pudo, y pareció funcionar, porque la mujer se veía feliz.
                — ¡Qué bueno!, entonces prepararé una cena especial para festejar tu regreso adelantado— dijo con una adorable sonrisa y se dirigió a otra habitación, a lo que supuso sería la cocina.
                El hombre se quedó parado en su lugar, unos segundos inmóvil, y luego sonrió ampliamente. Se sacó el saco y lo colgó en el perchero de la sala, y recorriendo un poco la habitación fue a sentarse sobre el sillón, que resultaba ser increíblemente cómodo. Tomó el control remoto que descansaba sobre el reposabrazos y encendió la televisión. Realmente le agradaba esta nueva vida. Un departamento lujoso y una hermosa mujer, que era amable y cariñosa, incluso creía que podría hasta enamorarse de ella. Era una vida perfecta.
                A la mañana siguiente lo despertó el sonido del despertador, era un suave pitido intermitente, mas una caricia de la mujer que dormía junto a él.
                — Cariño, es hora de levantarse. Tienes trabajo hoy.
                Luego de desayunar y no poder seguir la conversación de la esposa, ya que hablaba de personas que no conocía, pero que disimuló bien su expresión por una de interés. No podía levantar sospechas, estaba seguro que se acostumbraría a esa vida en poco tiempo. 
                Suerte que tenía un chofer con un auto de negro lustroso, esperándolo en la entrada del edificio, porque no sabía donde debía ir para trabajar. El chofer era un hombre amable, y de conversación, aunque ligera, cálida.
                El edificio donde trabajaba era enorme, ni siquiera pudo contar los pisos a simple vista. Por suerte en la recepción había un mapa del edificio, sino no sabría donde se encontraba su oficina.
                — El señor Fisher lo está esperando — le dijo la secretaría que antecedía a su oficina.
                El hombre le dijo un “buen trabajo” que fue recibido con una sonrisa sorprendida, y luego de leer la placa de la puerta “Gerente General”, realmente tenía un puesto importante y leer esas dos palabras fue el detonante a una sensación placentera que lo llenó por completo. Era importante, rico e influyente como ninguno. Nunca se cansaba de seguir redescubriendo su nueva vida. La vida de Jacobo, que ahora le pertenecía a él.
                En la oficina lo esperaba un hombre de piel algo dorada, tenía ojos negros e intimidantes y su sola presencia parecía evocar el misterio y las sombras.   
                — Bacon… — dijo sonriendo de manera extraña.
                — Buenos días, Fisher. ¿Qué lo trae a mi oficina?  
                — Déjate de formalidades — siempre había sido bueno para leer el ambiente, y este en particular le ponía la piel de gallina — Ya sabes por qué vine.
                El impostor intentó mantener su rostro libre de cualquier expresión, era como un muerto, con los músculos del rostro tiesos. No podía arriesgarse a mostrar confusión o que no sabía de qué le hablaban, ya que la mirada de su interlocutor era tosca y decidida, incluso desafiante.
                — Sí — se limitó a responderle, debía tener cuidado, pero siquiera sabía de que le estaban hablando.      
                — Lo tienes inquieto, y dijo que si no lo tiene para hoy en la noche… — se interrumpió a sí mismo — Bueno, ya te imaginas que te sucederá.
                Sí, era una amenaza y una muy aterradora.    
                — Dile que se quede tranquilo — debía improvisar, estaba seguro que si no actuaba de esa forma  la situación se podría volver peligrosa para él — Lo tendrá — Fisher lo miró de manera desconfiada,. Lo que lo instigó a insistir en su respuesta — Lo tendrá todo.
                Fisher pareció satisfecho con la respuesta, y con una despedida tosca y desinteresada, salió de su oficina.
                ¿En qué negocios estaba metido Jacobo Bacon?, ¿Quién estaba intranquilo?, ¿Qué era eso que quería para la noche?, obviamente la respuesta a esas preguntas le llevarían a lugares alejados de los límites de la legalidad.
                Caminó hasta su escritorio y se sentó, todavía con la piel erizada, se llevó los dedos a las sienes y se masajeó allí, como si aquel masajeó a los costados le ayudara a pensar. ¿Qué debía hacer?, las cosas se estaban tornando peligrosas, pero se creía capaz de salir de esto. Debía terminar con los negocios dudosos en los que participara la empresa, o por lo menos mantenerlos a raya, en un lugar donde no supusiera ningún peligro para él.        
                Mientras pensaba en esto, lo interrumpió el crujido de la puerta al abrirse de repente, unos pasos de tacón resonaron sobre la moqueta, y su vista fue robada por las curvas de un cuerpo de mujer. La mujer llevaba el cabello corto, y un vestido que no dejaba mucho para la imaginación. Dejó una pila de documentos sobre el escritorio, y bordeando la mesa se sentó sobre las piernas del hombre.
                — Jacobo,  necesito que le dé una revisión a esos documentos — dijo mirando a la pila de hojas que había traído consigo — pero siempre lo dejamos para más tarde — y riendo coquetamente paseó sus dedos por el pecho ajeno, mientras jugueteaba con la corbata con la otra mano, la cual subió segundo después hasta su rostro, se relajó un poco más e inclinándose levemente comenzó a besarlo — me gusta como le queda la barba — dijo paseando un dedo por su mentón y luego siguió en la labor de besarlo de manera profunda. 
                Jacobo teniendo una dulce y amorosa esposa esperándolo en casa, ¿Necesitaba jugar con otras mujeres?, no lo entendía, en su monoambiente no lo esperaba nadie, ni siquiera un hámster, porque no tenía ni siquiera dinero suficiente para darse el lujo de criar una mascota. Y Jacobo que tenía la suerte de formar una familia, ¿Lo desperdiciaba de esta manera?, sí, la mujer que lo estaba besando era hermosa, e incluso mucho más sensual que su esposa, ¿Pero lo valía?
                El altavoz del teléfono resonó en el aire, y fue la voz de la secretaria la que se hoyó.
                — Señor, su esposa vino a verlo — y con eso se abrió la puerta mostrando en el umbral a una segunda mujer algo animada. 
                — ¡Cariño!, te he traído el almuerzo, ya que como tienes mucho trabaj…
                La mujer de cabello corto despejó su boca de la suya en un movimiento veloz, pero todavía permanecía sentada sobre su regazo.    
                — ¡Lo sabía! — la esposa había comenzado a llorar — cuando decías que no podías volver por trabajo, seguramente era porque ibas a ir a un hotel con ella, o tal vez lo hicieron en tu oficina, aquí mismo, ¡No me importa! — se secó las lágrimas con su propia mano y comenzó a llorar más fuerte — ¡No vuelvas a casa nunca más, porque no te abriré la puerta!  — y con eso se dio media vuelta y caminó hacia la salida con paso decidido.
                Y no la detuvo, ¿Acaso debía hacerlo?, ella no era nada para él, era la esposa de Jacobo Bacon, no de él, nunca lo fue.
                — Ya era hora que te deshicieras de esa mujer estúpida — dijo la que todavía permanecía sobre él.
                — Sal de mi oficina — le dijo sin expresión alguna, después de todo tampoco conocía a esta mujer.           
                — Pero…
                — Ahora.
                Y con eso último la mujer no insistió más, colocó los tacones en el piso y se marchó caminando a paso apresurado.  
                El hombre se mantuvo cabizbajo, perdido entre pensamientos algo confusos. Había sido un mal día. Las cosas no estaban resultando como él esperaba. En vez de tener una nueva vida cómoda y rodeada de lujos, se encontró con un montón de problemas. Lo que menos llevaba Jacobo Bacon era una vida tranquila.
                Cuando por la ventana entró la luz anaranjada, proveniente de un fresco atardecer, era hora de volver a su casa. Pero ¿A dónde iría?, la esposa le había prohibido volver a poner un pie en el departamento. Tal vez podría ir a dormir a un hotel, después de todo tenía mucho dinero con que pagarlo.   
                Estacionado a un lado de la acera lo esperaba un auto negro, pero no era el mismo conductor que lo había pasado a buscar en la mañana, no, era otro, y que al verlo le pareció sumamente sospechoso.
                — Puedes irte — le dijo al chofer quien lo miraba expectante, fingiendo una sonrisa amable — Hoy no volveré a mi casa.
                El hombre comenzó a caminar lejos del auto, pero el chofer todavía no se marchaba del lugar. Lo observaba a través de la ventanilla. Comenzó a caminar de manera apresurada, y fue cuando se percató que el auto lo seguía lentamente por detrás. El chofer no lo iba a dejar irse tranquilamente, eso lo entendió bien.
                Cuando quiso salir corriendo, el chofer sacó un arma por entre la ventanilla parcialmente abierta.
                — Entra al auto sin hacer escándalo si no quieres un agujero en la cabeza — ese fue el incentivo para comenzar a correr. Y el chofer no mintió, disparó, pero para su suerte la bala tomó la dirección equivocada y se incrustó en la pared a unos centímetros de su cabeza.
                Corrió a una calle congestionada, y siguió corriendo hasta la peatonal más cercana. Rodeado de personas que iban y venían le era fácil confundirse con el resto. Pudo ver un par de veces al chofer caminando entre la multitud buscándolo con la mirada, pero por suerte no lo descubrió.  
                Intentó actuar lo menos sospechoso posible para no llamar la atención, y de esa manera se alejó de las calles concurridas una vez que estuvo seguro que había perdido de vista a su perseguidor.
                Debía escapar, y solo un lugar vino a su mente.
                Volvió a su antiguo monoambiente. Al abrir la puerta lo primero que sintió fue un hedor a encierro, mezclado con humedad y un ligero aroma a carne podrida. Tomó la bolsa que estaba oculta debajo de su vieja ropa y edredón deshilachado. Le dio una rápida mirada al interior de la bolsa, quería asegurarse que todavía Jacobo Bacon estuviera allí dentro, y efectivamente lo estaba. Había pasado solo un día, por lo tanto el cuerpo se encontraba exactamente como lo había dejado, solo que su cuello estaba tomando un color algo verdeazulado y su rostro había comenzado a deformarse un poco.
                Se mantuvo inquieto sobre los pocos metros de su casa, pasadas varias horas, donde la tarde se había marchado, y la noche silenciosa y desértica había su presencia, fue cuando el hombre, cargando la bolsa con ambas manos, se aventuró fuera de su monoambiente. Caminó por las calles que conocía que eran las menos transitadas, y que a esa hora ni un alma las peregrinaría. Tuvo que marchar varias cuadras, con la bolsa a cuestas. Llegó al muelle más viejo del puerto, donde sabía que no se encontraría con nadie allí. Y ahí mismo tiró la bolsa al mar.
                Se quedó hasta que escuchó el impacto del cuerpo con el agua, fue allí que se pegó media vuelta y se marchó de vuelta a su casa.  
                Esa noche durmió entrecortado, por momentos creyó que le derribarían la puerta y allí mismo lo matarían de varios balazos, pero nada de eso sucedió.
                A la mañana siguiente lo primero que hizo fue desayunar un pan viejo que tenía guardado en la heladera para que durara más tiempo, mientras miraba la televisión. Casi se atraganta con un pedazo de ese pan cuando oyó la siguiente noticia:   
                — Hoy a la mañana encontraron un cuerpo en la bahía… — anunciaba la periodista a través de la pantalla, mientras señalaba el paisaje que le rodeaba: unos muelles que se extendían hacía el interior de la bahía, y algunos edificios que resaltaban por detrás  — Jacobo Bacon fue encontrado flotando dentro de una bolsa a las cinco de la mañana por un pescador del lugar. Los forenses aseguran que fue envenenado y horas después arrojado al mar. Existen rumores que el empresario Bacon mantenía negocios estrechamente ligados a la mafia. Y se cree que fueron ellos mismos quienes lo mataron… — lo que dijo la periodista a continuación el hombre ya no le prestó atención, estaba muy ocupado pensando en todo lo que le había sucedido en estos últimos días.
                Una sonrisa se demarcó en su boca, y dándole una mordida impetuosa al pan, se carcajeó mientras masticaba las migas.  
                Nunca se había sentido tan satisfecho de ser él mismo, y no el otro.       

   
  
               
                 
                 

 

martes, 11 de abril de 2017

Soy


Soy como un volcán,
de interior fuego y lava encendida.
Soy como un huracán,
arraigada por ímpetu fluida.    
Soy como una tormenta nevasca,
de corazón helado y mañanas grises.  
Soy como el roció de la mañana,
de lágrimas escasas y simples.  

Soy verano,
luz, fuego y color rojo.
Soy otoño,
pierdo y renuevo, un cambio paradojo.
Soy invierno,
viento, fuerza y fría fuente.
Soy primavera,
Alma colorida y floreciente.

Soy como esas personas que piensan en todo,
pero no dicen nada.
Soy como esas personas que guardan una biblioteca,
pero acotan un colofón.     
Soy como esas personas dementes,
que piensan en miles de historias,
pero que solo viven una.


lunes, 27 de marzo de 2017

Acto en Cuatro Personas



Personajes:
Rivaldo
Señorita Elena (esposa de Rivaldo)
Señor Rojas (amante de Elena)
Hermano de Rivaldo

(La escena transcurre en una sala escasa de luz, donde solo es iluminada por una pequeña ventana y una lámpara de gas. En medio hay un escritorio de madera antaña, sobre el mismo se halla un arcabuz recortado, cargado con pólvora y una bala de plomo)  

Rivaldo. — No importa cuántas disculpas escuche, no valen nada. Son falacias farfulladas con miedo, con desmesura, con calumnia.
Elena. — Lo siento, Rivaldo. ¡En serio lo siento!, perdóname por serte infiel. Busca en tu corazón, aunque sea el más pequeño atisbo, yo sé que hallarás clemencia por mí. Después de todo soy tu amada esposa. Aquella mujer a la que le confesaste el más ferviente y grande de los amores. (Le da una temerosa mirada al arcabuz que todavía yace en el escritorio)  
Rivaldo. — Por eso mismo, el engaño es más doloroso. Y lo vuelvo a repetir, no pidas perdón cuando en verdad no te arrepientes de haberme engañado.  
Rojas. — Rivaldo, no culpe a la señorita. ¡Ella no tiene nada que ver!, toda la culpa recae en una sola persona, y esa persona soy yo.       
Rivaldo. — ¿Eso quiere decir que Elena fue obligada a engañarme?, ¡Víctima de un ataque!, ¡No te burles de mí!, ella parece tenerme más miedo a mí, que a usted.   
Rojas, — Sí, yo la ataqué. Soy el único culpable, el único merecedor de su venganza y de la muerte.    
Elena. — No mientas, Señor Rojas. No te confieras toda la culpa, que para engañar se requieren dos personas. Es cierto que engañé a mi marido, pero mi corazón me engaña a mí a cada momento, al no corresponder a mi esposo, sino a otro hombre. Así que no mientas, porque ya hemos sido descubiertos, y prefiero decir la verdad, y si debo morir por confesar un amor verdadero, moriré con el corazón encendido de placer.     
Rivaldo. — Señor Rojas, usted no es más que un ladrón. No solo me ha robado el cuerpo de mi esposa, sino que también se ha llevado con usted su corazón. Ya no tengo nada en ella que me pertenezca. Sin embargo el orgullo es pesado en el cuerpo de un hombre, y hace que sea difícil dejar ir lo que le corresponde. Porque no puedo perdonar, por eso mismo morirá aquí mismo todo sentimiento que una vez tuve por esta mujer, pero no morirán solos, se irán junto con la sangre, la vida y el corazón de Elena. (Se apresura a tomar el arcabuz y dispara)
Elena. — ¡Tenga piedad! (se da cuenta que la bala se incrusta en la pared dejándola salva)
Rivaldo. — Esta arma no fallará una segunda vez (comienza a cargar el arcabuz nuevamente)
(Se escucha el sonido de una puerta abriéndose, el hermano de Rivaldo entra en escena)
Hermano. — ¿Qué ha sido ese disparo?
Rivaldo. — Ha sido el inicio de mi venganza. Cortaré con fuego un corazón mentiroso, y derramaré de él la sangre que palpita por otro.
Elena. — ¡Detenlo!, por favor sálvanos.
Rojas. — Por favor, no nos dejes morir.
Elena. — Ruega por nuestro perdón. Él te escuchara, siempre lo hace.
Hermano. — ¡Basta, Rivaldo!, es suficiente.
Rivaldo. — ¿Cómo puedes pretender que me detenga?
Hermano. — Baja el arma.
Rivaldo. — No lo hare. Siendo hombre deberías entender lo que se siente que hieran tu orgullo. Después de esto ¿Cómo seguiré viviendo?, y solo hay una forma de recuperar mi vida, y es deshaciéndome de aquellos que la han arruinado. ¡No existe otra forma!, Hermano mío, harías lo mismo en mi lugar. 
Hermano. — Es cierto, sí lo haría.  
Elena. — No, no te dejes convencer. Detén nuestra muerte, si no lo haces la culpa te perseguirá por siempre, cada día, cada noche, pensando que con una palabra, un acción, un simple movimiento,  pudiste detener aquella bala. Por ahora estas a tiempo, salvarte de la culpa. ¡No me dejes morir!  
Hermano. — Ya lo he hecho. Ya has muerto. Elena y Rojas están muertos. ¡Entiende, Rivaldo!, han muerto, por aquel mismo arcabuz, por aquellas mismas manos, manchadas de sangre. Un esposo homicida, que por venganza mató a su esposa y amante.
Rivaldo. — No entiendo que dices. ¡Ella está aquí!
Hermano. — No, no lo está.  
Rivaldo. — Sí, yo la veo. Como siempre ha sido, hermosa, de piel aterciopelada, cabellos ondulados y aromatizados a flores. Ojos como el jade, brillantes y misteriosos. Con una sonrisa cálida y una mirada peligrosa. Manos suaves y pies delgados. La veo aquí, como siempre ha sido.
Hermano. — La ves en tu cabeza. Un corazón lastimado nunca dejará de amar, sino que cada vez que quiera sentir, el amor vendrá acompañado de dolor. Para algunas personas el olvido nunca existe, y en aquel vicio de recuerdos que no se dejan ir, surge la locura. Nunca pudiste perdonarla, por eso la mataste, pero luego un sentimiento mucho más doloroso te acató, ya no sentías la herida que su engaño te había dejado, sólo estaba el dolor de su ausencia. Entonces fue cuando no te pudiste perdonar por matarla, por arrebatártela a ti mismo. Enloqueciste. Y en medio de esa locura encontraste la forma de revivirla, ella vive en ti mismo, pero ella no vino sola, su amante la acompañó. Elena y Rojas conviven contigo mismo. Tres personas en un solo cuerpo.
Rivaldo. — (apuntó el arcabuz hacía el pecho de su hermano, con el rostro en lágrimas) ¡Mientes!, ella no puede estar muerta. Mi Elena… mi Elena. 
Hermano. — Cálmate. Baja el arma.
(El hermano de Rivaldo intenta sacarle el arma de las manos, pero Rivaldo le dispara antes de que pueda arrebatarle el arcabuz)    
Rivaldo. — ¿Qué he hecho?
Hermano. — Rivaldo, hermano querido. Mi mayor miedo fue verte sumergirte en aquella locura, y la peor de las heridas fue no poder rescatarte de ahogarte en ella. No es mi culpa, pero la siento propia. Y muero aquí, intentándote llevarte de nuevo a la superficie, salvarte de ahogarte en tus penas y locura. Pero nos hundimos juntos. Me has llevado contigo al fondo. (Muere)    
Rivaldo. — (Llora abrazando el cuerpo de su hermano) Mis manos, manchadas de la sangre fraterna. No soy más que un monstruo, que arrebata y mata a quien quiere. No sirvo ni vivo. ¿Estaré maldito?
(Rivaldo camina hasta el escritorio y se sienta en la silla. Se queda unos minutos en silencio, inmóvil)
Rivaldo. — Hermano, tengo algo que contarte.
Hermano. — ¿Hay algo que te preocupe, Rivaldo?
Rivaldo. — Creo que Elena me es infiel.

Telón.
                   


         

jueves, 16 de marzo de 2017

La bestia


  — ¿Qué es lo que te hace más humano?
La Bestia se mantuvo callado. Con los dedos cerrados en pos de los barrotes de metal. Mirando con aquellos ojos llenos de la luz de la razón, pero que por momentos parecía perderla. Y eso era lo que todos se preguntaban de él, ¿Qué era tan distinto, qué pasaba por su cabeza?, ¿Siquiera pensaba en algo?
Pierasola sabía bien que la Bestia no le respondería, no importaba cuanto insistirá, mantendría su boca sellada. Así que decidió responderse a sí mismo. Porque sabía que aunque se mantenía en silencio, escuchaba todas sus palabras.
— ¿Qué es lo que te hace más humano y menos bestia?, la respuesta se halla en el verbo, en el hacer, más cercano al abstenerse de los deseos y los instintos. Dependiendo de la satisfacción de aquellos instintos, en la privación y en detenerme a mí mismo, eso me hace humano. Pero ¿Qué te hace a ti humano?, mejor dicho ¿Se te puede llamar siquiera como uno?
Su interlocutor movió levemente los dedos, aferrándose aún más a los barrotes que lo encerraban.
— ¿Por eso te llaman la Bestia?, ¿No? — lo miró durante unos segundos, esperando una mínima reacción o gesto, pero ni eso obtuvo — No eres capaz de ignorar aquellos instintos animales. Actúas como un perro, como un animal, salvaje y desentendido. Ignorando a todos y haciendo lo que quieres. Pero no es lo único que puedo decir, eres tan misterioso, nadie sabe qué piensas o siquiera si piensas. ¿Porque actúas así?, nadie sabe como leerte. Yo sé muy bien que entiendes cada palabra de lo que digo. Tus ojos, son engañosos, son más vivos de los que aparentan, analíticos y conservadores. Estoy seguro, nos engañas a todos, eres un animal porque quieres serlo. Conoces el consenso que rige la sociedad, las leyes y la moral, pero no les temes. Decides no ignorar aquellos instintos, no luchas, y a conciencia y con un deseo cínico te dejas absorber por todas aquellas emociones genéticas y arcaicas. ¿Lo haces a conciencia? O ¿Realmente eres una bestia?, esas preguntas convergen en mi cabeza en una lucha constante.
Pierasola se sentía en medio de un remolino que lo movía con fuerza y lo jalaba con un frenesí vicioso. No podía callarse, las palabras salían de su boca como si las estuviera escupiendo.  
— Si te sientes atraído por una mujer, la atacas. Si te reprenden, lo golpeas. Si alguien te disgusta al límite de desear su inexistencia, simplemente lo asesinas. Las personas podemos tener fantasías o deseos oscuros. Pero no son más que ello y no pasarán de allí. Simples fantasías — miró a la bestia, la cual seguía igual de inexpresiva, pero Pierasola tenía la corazonada de que aquel hombre no estaba enfermo mentalmente como todos creían, todas aquellas atrocidades las llevaba a cabo por el simple gusto de hacerlo, tal vez le gustaba sentir la adrenalina del momento o trascender las leyes humanas normales, no lo sabía, pero aquel hombre era capaz de resolver problemas lógicos a tiempo récord, conocía el orden y la organización social como cualquier ser humano correcto, y podía reconocer la realidad tal cual era, ningún desorden mental o ataques obsesivos compulsivos le aquejaban. Era completamente sano, y su mente estaba en sus cabales, pasaba todos los exámenes físicos y psiquiátricos a la perfección. Su solo defecto se acentuaba en su excesiva falta de sociabilización. Pero Pierasola tenía otra teoría, a aquel hombre apodado La Bestia, no era un deficiente social, ni mucho menos, simplemente ignoraba a todos, era una mera actuación, ya que tenía un papel que interpretar.
Pierasola sostuvo la bandeja de almuerzo con fuerza con una mano mientras con la otra abría la puerta de la celda. Se percató de inmediato que el presidiario observaba la llave con una atención poco común. Le entregó la bandeja con la sopa y luego se sentó a esperar que terminara su comida.
Quince minutos después estaba recibiendo la bandeja de vuelta, con el plato de sopa, ahora vacío. Cerró la celda y nuevamente sintió aquellos ojos clavados en la llave. Pierasola antes de volver por el pasillo intentó una vez más hablar con La Bestia, pero esta vez sin esperanza alguna se recibir respuesta.
—Los humanos estamos en constante cambio interno, nuestros deseos y anhelos son reemplazados dependiendo de las emociones, los tiempos y las circunstancias —entonces la mayor se las dudas lo atacó, quería saber que instintos lo llamaban ahora mismo, en que pensaba, que ideas se arraigaban constantemente en su mente tan misteriosa e inalcanzable — ¿Qué hay en tu cabeza ahora mismo?, ¿Cuál es tu deseo más grande?
Entonces sucedió algo que no esperaba, era algo que había esperado tanto e insistido en obtenerlo, que incluso sus esperanzas habían desistido, por eso mismo lo tomó por sorpresa.
—Libertad —fue lo único que dijo, y aquella palabra fue suficiente para sacarlo de su estado tranquilo y llevarlo a uno de estupor. Sabía que podía hablar, lo había hecho antes durante los estudios a los que fue sometido, pero nunca se había dignado a dirigirle la palabra ni una sola vez en todo este tiempo que había sido su guardia de celda.
—Libertad —repitió Pierasola algo emocionado — Es un estado que los humanos buscamos constantemente, siempre queremos ser más libres, más independientes. Ese es un instinto que nunca pudimos deshacernos. Queremos ser quienes pongamos nuestras propias reglas, caminando sobre un libre albedrío absoluto. Pero eso nos lleva de vuelta a ser humanos, a abstenernos a nosotros mismos, porque donde comienzan los derechos de otros es donde nuestra libertad se acaba.
Pierasola ya no tenía nada más que decir y la verdad era una lástima, porque no creía que obtendría otra oportunidad como esta donde recibiría una respuesta de La Bestia. Pero tenía que marcharse, no era solo su guardia, y tenía trabajo que hacer.
La Bestia miró a Pierasola perderse por el pasillo y cuando ya no pudo ver su silueta, buscó del interior de su manga la cuchara de plástico que había escondido en un descuido de su guardia. Primero la observó de cerca, comprobando su dureza y resistencia. Siempre le traían las comidas con cubiertos de plástico, era una manera de prevenir que pudieran convertirse en armas en sus manos. Primero palpó la cabeza cóncava y supo que era muy débil y se rompería con facilidad pero para su suerte el mango era más grueso y parecía más resistente. Entonces evocó la imagen de la llave a su mente. Y comenzó a tallar el extremo de la cuchara contra la pata de la cama, que tenía una arista bastante pronunciada.
La tarea le llevó muchos meses. Debía cincelar la cuchara muy lentamente, si lo hacía muy rápido o con mucha fuerza, el sonido producido, podría llamar la atención de Pierasola.
Cada vez que venían a traerle su almuerzo le echaba otra mirada a la llave e iba guardando la forma y cantidad de dientes en su cabeza, para posteriormente ir tallando el recuerdo en la cuchara de plástico.
Cada vez que era la hora de comer, sabía que vendría otra tanda de argumentos que pretendían ser elocuentes y con aroma a filosofía, que si bien le era algo fastidioso por lo pretencioso y fanfarrón que resultaban sus argumentos, a veces en cuando Pierasola decía algunas verdades. Como su deseo de libertad, y su decisión de no reprimir aquellos impulsos, sabía bien lo que hacía y disfrutaba sentirse malvado, era un deleite y placer que las acciones samaritanas no le podían regalar. Tal vez estaba loco por pensar así, por ser el villano concienzudamente y disfrutar de sus malas acciones. Y es cierto que permanecía en silencio a propósito, lo hacía para confundir a sus doctores, ¿Realmente creían en la existencia de la maldad?, porque siempre querían justificar alguna acción descarada o fuera de lo común con alguna enfermedad mental. ¿Él era diferente por no sentirse de aquella forma?, o ¿Todos eran iguales y pretendían estar locos para suavizar sus condenas? Y algo le decía que Pierasola lo entendía a pesar de ser un simple guardia, ya que no creía en el diagnóstico de los psiquiatras, él lo veía como alguien que fingía, y no se equivoca, deseaba salir de aquella prisión para continuar con su insaciable vicio de ir contra la corriente.
Una noche, cuando todo estaba en silencio, subió la manga de su suéter. Había estado escondiendo la llave allí. No en la manga, porque cada vez que le lavaran la ropa la encontrarían, sino que había afilado la parte honda de la cuchara hasta convertirla en una pequeña cuchilla, y con ella había cortado la piel de su codo interior quince centímetros de manera ascendente. Había sido muy cuidadoso de no herirse las venas, ni que el corte fuera muy profundo. Y en aquella pequeña hendidura de piel, había escondido la cuchara. No lo había hecho en un pie, porque sería difícil de ocultar una cojera y a la hora de escapar prefería tener los dos pies sanos en vez de las manos.
Entonces uso las uñas para abrirse la herida, la cual tenía una cicatrización reciente, y tomando la cuchara de su interior, mientras se mordía los labios pretendiendo ahogar el quejido de dolor.
Esperó varios segundos para recomponerse y luego infiltró la llave de plástico en la herradura. Antes de girarla hizo una oración silenciosa, deseando que funcionara, ya que los intentos anteriores habían fracasado y le habían llevado a alargar su tarea de frotar la cuchara contra la pata de su cama. Era una tarea tediosa y desesperante.
Al final se decidió, no podía darse el lujo de perder ni un momento más, tenía los segundos contados. Giró la llave y la cerradura hizo un clic. Sonrió satisfecho consigo mismo y se preguntó, ¿Acaso era acertado que lo llamarán La Bestia?, un animal nunca sería capaz de escapar de su jaula.



miércoles, 1 de marzo de 2017

Venganza inacabada


                La mujer, temblaba como designio de la ira que fermentaba en su interior, mientras paseaba un arma de fuego de una mano a otra, sentada sobre una silla ya vieja, que rechinaba al ejercer peso sobre ella. La pelinegra se inclinaba hacia adelante, como si su pecho llevara un peso de plomo que la obligaba a encorvarse. Su hermano, al otro lado de la habitación oscura, la miraba en silencio, interpretando de la mirada rabiosa de la mujer, que estaba preparándose para cometer una locura.    
                — Todos pagaran — decía con los ojos secos, era incapaz de llorar, ya que sentía una emoción mayor a la tristeza, era la ira, la rabia contenida, podía sentirlo en cada confín de su cuerpo, era como fuego quemante como una estela encendida — Esas malas personas no merecen vivir…  
                — ¿Sabes lo que diferencia a las buenas personas de las malas?     
                La pregunta del hombre había colisionado con la realidad de la mujer de manera violenta, la había despegado de su figuración vengativa, plantando en ella el desconcierto y algo de confusión. Su hermano no esperó respuesta alguna, en cambio continuó hablando.
                — Que las buenas cuando obtienen la oportunidad de vengarse, no lo hacen.
                La mujer parpadeó intermitentemente, escuchando las palabras de su hermano, si bien no podía ver su rostro a causa de la oscuridad, podía imaginarse la expresión que tenía en ese momento su rostro.    
                — Una buena persona es justiciera también — luego de recomponerse, la mujer optó por refutarle, frunciendo el ceño algo ofendida.     
                — No confundas venganza con justicia. ¿Quién te ha dado la autoridad para impartir castigos y adulaciones a tu parecer?, ¿Qué te hace mejor que ellos?
                — ¡Yo no he cometido sus mismos pecados! — contraatacó levantándose de su silla de manera enérgica.
                — No, por ahora — su hermano caminó alrededor del escritorio, acercándose a la ventana para que la luz de la realidad impactara con su rostro mutilado — Para que una venganza pueda considerarse satisfactoria debe ocasionar el mismo o mayor daño que la ofensa que se trata de vengar. Al ser hacedora de dicha venganza, ¿No te convertiría en una peor persona?, ¿No serías peor que esas personas que tanto odias?        

                La hermana fijó sus pupilas en el rostro de su hermano, manteniendo las lágrimas en los ojos. Entonces pensó en lo que le dijo y sintió miedo inmediato, y una leve vergüenza. Caminó hasta el escritorio y guardó el arma de vuelta en el cajón. Guardándose la ira y todo sentimiento negativo en el fondo de su ser, pero a pesar de que estaban en su interior, ocultos, no se significaba que estuvieran seguros, sino que eran sentimientos inestables, y aun peor, muy peligrosos.   

lunes, 20 de febrero de 2017

Galera de Sangre



                

     Debajo de un cielo de paños grises, cuna de centellas que atronaban furiosas hasta asustar a la tierra, que miedosa, temblaba ante su eléctrico tacto. Las calles de la ciudad eran abrumadas por las sombras frías de la noche, y de entre ellas se escondía él. Quien no le temía a la oscuridad y mucho menos a la sangre. Esperó que los goznes metálicos giraran y revelaran la figura que estaba esperando desde hacía horas, cuando lo vio salir del local, surgió de entre las sombras, y allí llevó a cabo su cometido. Desfundó el arma blanca que guardaba oculto en el interior de su bastón y con la hoja fina y férrea, apuñaló al desconocido, si bien era la primera vez que lo veía en persona, sabía muy bien de quien se trataba, lo había estado estudiando durante los últimos días. Sabía que bares frecuentaba, que clase de mujeres lo acompañaban, cuáles eran sus horarios y amistades. Lo sabía todo. Y aquel estudio minucioso que había trabajado el último tiempo lo llevó a este momento justo, y a que fuera factible terminar con el encargo.

     Ni siquiera se paró a pensar, ni siquiera algún miedo lo detuvo, porque era incapaz de sentirlo. Virtudes como el temor y la moral le eran imposibles, y sí, virtudes, porque creía que el hombre que las sintiera era sin duda virtuoso, llenó de sentimientos que él nunca conocería. Incluso en algunas ocasiones extremas llegaba a sentir envidia de ellos. Una dura infancia y adolescencia lo había llevado a ser quien era hoy en día, todos aquellos sucesos que en un principio lo atormentaban, hoy eran la razón que lo hacían el más apto para este trabajo.

     Cuando el trabajo estuvo terminando, retiró el cuchillo del pecho de su víctima. Era algo rudimentario, en esta época podría tener un arma de fuego efectiva y veloz, que le ahorraría gran parte en su oficio, pero seguía prefiriendo aquel cuchillo, no sabía las razones exactas, pero estipulaba que podría ser porque el caudal de sangre no se comparaba, y además podía sentir en la palma de su mano y en la yema de sus dedos cuando la hoja penetraba, eso no se podía experimentar con una bala. Y lo más importante, aquel cuchillo era un vínculo con su pasado.

     Dejó al cuerpo allí, abandonado en aquel callejón escaso de luz eléctrica. Y haciendo uso de aquella oscuridad, la utilizó para irse de la misma manera que había llegado, sin que nadie lo notara.

     Se acercó a un teléfono público y desde allí llamó a su jefe.

     — El trabajo está hecho — fue lo único que dijo y volvió a colocar el tubo de teléfono en su respectivo lugar.

     Se acomodó la galera negra y se aventuró al interior de la lluvia, que caía violenta y filosa.

     Cuando era más joven lo atacaban las pesadillas, que eran fragmentos de realidades vividas, meros recuerdos tormentosos, pero había logrado apagar el tormento superándolo, se volvió peor de lo que le causaban aquellas pesadillas, y si él era más peligroso ya no debía porque temerle. Un padre golpeador, que no hacia distinción entre un niño y una mujer, a ambos le pegaba igual, y sin razón alguna. Con puños, palos, patadas o incluso con la misma botella con la que se había emborrachado, todo era un arma, y las cicatrices de su cuerpo eran testigo de eso.

     Su primer muerte fue la que lo liberó, pero a costas de convertirse en otra persona. Desde ese momento ya no fue el mismo.

     Su padre estaba endeudado hasta los dientes, incluso le debía una gran cantidad a la mafia.

     Aquel día fue como cualquier otro, su padre se pasaba de alcohol hasta volverse violento, y descargaba toda su rabia y enojo contra su madre. La golpeó y esa vez, sucedió algo diferente, la mujer, sumisa y temerosa nunca se había atrevido a enfrentarse a su esposo, pero llegó un momento en el que su paciencia se agotó, ya no podía soportarlo más, y aquel nuevo sentimiento en ella la volvió de ser una mujer sumisa a ser una mujer que por primera vez en su vida se oponía, se negaba a seguir sufriendo, y ese cambio fue su fin.

     El hombre no pudo permitir que se le oponieran, o por lo menos eso le decía su absurdo orgullo. Ni siquiera supo lo que hizo. Sus manos se movieron involuntariamente, tomó un cuchillo de la cocina y con él, apuñaló a la mujer golpeada.

     El niño fue testigo de todo eso, y si bien estaba acostumbrado a ver sangre, nunca la había visto en tanta abundancia.

     — ¿Mamá? — preguntó una y otra vez, y al darse cuenta que su madre no respondía, entendió lo que había sucedido.

     Ese fue el momento clave y culminante. El quiebre de su vida, la metamorfosis de su personalidad. De repente lo embarcaron sentimientos que nunca había sentido, mientras perdía parte se su alma. Tomó el cuchillo que descansaba en el pecho apagado de su madre y saltó sobre el asesino. Su padre no pudo moverse de su lugar. La nueva mirada que se posaba sobre el rostro de su hijo lo asustó, nunca había visto ojos tan locos y apagados, faltos de la luz de la razón.

     El niño se quedó tres días inmóvil, sentado sobre la pared de la cocina, sin mover ni un solo músculo, rodeado de dos cadáveres envueltos en sus sangres ya secas. Y ubiera permanecido allí, entre el sueño y la realidad, muchos día más, pero el ruido de la puerta abriéndose cambio su vida para siempre. Un hombre vestido de negro, con un rostro trazado por una cicatriz, irrumpió en su casa. Él no era un niño tonto, ya había visto a ese hombre un par de veces. Siempre amenazaba a su padre, que si no pagaba lo borraría del mapa, y ese día había ido a cumplir su palabra.

     — Parece que alguien se me adelantó en el trabajo — su chiste había sido algo cruel para la ocasión, pero personas como él le interesan poco los sentimientos ajenos. Y por lo que pudo ver en aquel niño roto, ese jovencito era igual a él.

     Se colocó en cuclillas y miró al niño de cerca, y por la mirada en su pequeño rostro supo que él había matado, no estaba seguro si a ambos padres o sólo a uno. Aquel niño estaba solo, y la vida que le restaba era mucho más difícil y dolorosa. Y personas como esas solo sirven para una cosa, podía verlo en el niño, ya no había vuelta atrás. Y en vez de sentir lástima como cualquier persona pudiera sentir en esa situación, sintió algo muy diferente, sonrió pensando que conocía el lugar perfecto para esta criatura, donde podría explotar su nuevo don mucho más. Estaba seguro que sería una gran inversión para la organización, entonces lo tomó en brazos y lo llevó con él a un nuevo mundo del cual ya no habría escapatoria.

      Desde ese día lo habían integrado a la mafia, era como una nueva familia, así lo sentía, incluso lo trataron mejor que en su casa, siempre tenía la panza llena mientras hiciera los encargos que le encomendaban. Y así creció, hasta convertirse en el hombre que era ahora, mataba para comer con el mismo cuchillo que lo inicio en aquella vida. El mismo cuchillo que uso su padre para matar a su madre, y que luego usó él mismo para vengarla, es el mismo que guardaba en el interior de su bastón.

      Así pasaron los años, cada muerte nueva era una mancha más a su alma oscura. Cada gota derramada se llevaba de él un poco de su humanidad, y así se convirtió en lo que era ahora, era una mera cascara vacía.

      Cuando el creyó que el resto de su vida consistiría en eso, sangre y seguir viviendo sin un propósito, siquiera sabía decir si a eso se lo podía describir como vivir, incluso a veces llevaba la mano a su pecho para asegurarse que su corazón seguía allí, sus latidos eran el único indicio de que aún seguía vivo, seguía siendo un humano. Y cuando creyó que seguirá todo igual, que nada podría ya cambiar, la realidad se burló de su inocente pensamiento, porque el tiempo es inestable, víctima de la fortuna que lo mantiene en constante ósmosis.

      El segundo quiebre en su vida se dio un día señero, singular e irrepetible. Se encontraba en la casa del nuevo jefe de la mafia, el mismo hombre que lo había recogido aquel día de su casa, que lo había abstraído de aquella escena sangrienta para iniciarlo en un nuevo mundo. Aquel hombre que era lo más parecido que tenía que podría llamarse le familia, un padre.

      Le tenía una nueva tarea asignada, de suma importancia que pocos sabían de su existencia en la organización. Se trataba de un hombre, un detective, que había estado entrometiendo su nariz en la organización a tal punto que se había vuelto peligroso para la misma.

     — Quiero que te encargues de él y de su casa. Será una advertencia para los futuros husmeadores que quieran meterse con nuestra familia.

     La familia, así se llamaban a sí mismos los que pertenecían a la organización. Pero ¿Realmente lo era?

     Hizo lo que le encargaron, tiñó de rojo oscuro el suelo, con la sangre del detective y su esposa. Estaba por volver a la mansión de su padre cuando una pequeña voz, algo dulce e infantil.

     — ¿Mamá? — Esa pregunta lo remontó tiempo atrás, era la misma que él había formulado en una escena similar. Los padres del niño estaban muertos al igual que los suyos, y después de mucho tiempo sintió algo, el hecho de experimentar algo nuevo le fue abrumador, incluso robó su respiración por unos segundos. Y lo que sintió no se pareció en nada a lo que sintió el jefe de la mafia al verlo en medio de los cadáveres de sus padres. Fue una emoción muy distinta. Tristeza. Tristeza. Y más tristeza, era dolorosa, casi insoportable. Era como si le desgarraran el pecho con garras invisibles. Pero al mismo tiempo su alma obtuvo un poco de luz en medio de tanta oscuridad.

      Los ojos del niño se iluminaron a causa de la luz de la lámpara que rebotaba sobre sus lágrimas. Solo tenía dos opciones: matarlo o llevarlo a la organización. Pero a simple vista este niño no tenía un alma como la suya, era puro y brillante. Entonces lo correcto era matarlo. Pero no pudo siquiera moverse de su lugar. No podía arremeter contra aquella criatura.

     Matarlo o llevarlo a la mafia.

     Sólo dos opciones. ¿Por qué no podía haber una tercera? No quería matarlo ni tampoco volverlo alguien tan oscuro como él. No quería que el ciclo continuara.

     — ¿Quién eres? — preguntó el niño asustado sin poder detener las lágrimas.

     El asesino de la galera se acercó al niño y acarició su cabeza para tranquilizarlo.

     — He venido a salvarte— le dijo. El niño lo miró esta vez con menos miedo, creyendo que el hombre con la galera y un bastón era una especie de héroe como el que salía en los cuentos que le contaba su madre antes de dormir.

     El asesino tomó al niño en brazos y salió de la casa. Se rehusaba a llevar al niño a la organización, y también se negaba a volver a poner un pie en esa mafia. Necesitaba una razón para salir de esa vida y la había encontrado. Sabía bien que a partir de ahora las cosas no serían fácil, uno no desobedece al jefe de la mafia y la abandona tan fácilmente, pero confiaba en sí mismo y haría todo lo necesario para cortar con aquel ciclo.