martes, 11 de abril de 2017

Soy


Soy como un volcán,
de interior fuego y lava encendida.
Soy como un huracán,
arraigada por ímpetu fluida.    
Soy como una tormenta nevasca,
de corazón helado y mañanas grises.  
Soy como el roció de la mañana,
de lágrimas escasas y simples.  

Soy verano,
luz, fuego y color rojo.
Soy otoño,
pierdo y renuevo, un cambio paradojo.
Soy invierno,
viento, fuerza y fría fuente.
Soy primavera,
Alma colorida y floreciente.

Soy como esas personas que piensan en todo,
pero no dicen nada.
Soy como esas personas que guardan una biblioteca,
pero acotan un colofón.     
Soy como esas personas dementes,
que piensan en miles de historias,
pero que solo viven una.


lunes, 27 de marzo de 2017

Acto en Cuatro Personas



Personajes:
Rivaldo
Señorita Elena (esposa de Rivaldo)
Señor Rojas (amante de Elena)
Hermano de Rivaldo

(La escena transcurre en una sala escasa de luz, donde solo es iluminada por una pequeña ventana y una lámpara de gas. En medio hay un escritorio de madera antaña, sobre el mismo se halla un arcabuz recortado, cargado con pólvora y una bala de plomo)  

Rivaldo. — No importa cuántas disculpas escuche, no valen nada. Son falacias farfulladas con miedo, con desmesura, con calumnia.
Elena. — Lo siento, Rivaldo. ¡En serio lo siento!, perdóname por serte infiel. Busca en tu corazón, aunque sea el más pequeño atisbo, yo sé que hallarás clemencia por mí. Después de todo soy tu amada esposa. Aquella mujer a la que le confesaste el más ferviente y grande de los amores. (Le da una temerosa mirada al arcabuz que todavía yace en el escritorio)  
Rivaldo. — Por eso mismo, el engaño es más doloroso. Y lo vuelvo a repetir, no pidas perdón cuando en verdad no te arrepientes de haberme engañado.  
Rojas. — Rivaldo, no culpe a la señorita. ¡Ella no tiene nada que ver!, toda la culpa recae en una sola persona, y esa persona soy yo.       
Rivaldo. — ¿Eso quiere decir que Elena fue obligada a engañarme?, ¡Víctima de un ataque!, ¡No te burles de mí!, ella parece tenerme más miedo a mí, que a usted.   
Rojas, — Sí, yo la ataqué. Soy el único culpable, el único merecedor de su venganza y de la muerte.    
Elena. — No mientas, Señor Rojas. No te confieras toda la culpa, que para engañar se requieren dos personas. Es cierto que engañé a mi marido, pero mi corazón me engaña a mí a cada momento, al no corresponder a mi esposo, sino a otro hombre. Así que no mientas, porque ya hemos sido descubiertos, y prefiero decir la verdad, y si debo morir por confesar un amor verdadero, moriré con el corazón encendido de placer.     
Rivaldo. — Señor Rojas, usted no es más que un ladrón. No solo me ha robado el cuerpo de mi esposa, sino que también se ha llevado con usted su corazón. Ya no tengo nada en ella que me pertenezca. Sin embargo el orgullo es pesado en el cuerpo de un hombre, y hace que sea difícil dejar ir lo que le corresponde. Porque no puedo perdonar, por eso mismo morirá aquí mismo todo sentimiento que una vez tuve por esta mujer, pero no morirán solos, se irán junto con la sangre, la vida y el corazón de Elena. (Se apresura a tomar el arcabuz y dispara)
Elena. — ¡Tenga piedad! (se da cuenta que la bala se incrusta en la pared dejándola salva)
Rivaldo. — Esta arma no fallará una segunda vez (comienza a cargar el arcabuz nuevamente)
(Se escucha el sonido de una puerta abriéndose, el hermano de Rivaldo entra en escena)
Hermano. — ¿Qué ha sido ese disparo?
Rivaldo. — Ha sido el inicio de mi venganza. Cortaré con fuego un corazón mentiroso, y derramaré de él la sangre que palpita por otro.
Elena. — ¡Detenlo!, por favor sálvanos.
Rojas. — Por favor, no nos dejes morir.
Elena. — Ruega por nuestro perdón. Él te escuchara, siempre lo hace.
Hermano. — ¡Basta, Rivaldo!, es suficiente.
Rivaldo. — ¿Cómo puedes pretender que me detenga?
Hermano. — Baja el arma.
Rivaldo. — No lo hare. Siendo hombre deberías entender lo que se siente que hieran tu orgullo. Después de esto ¿Cómo seguiré viviendo?, y solo hay una forma de recuperar mi vida, y es deshaciéndome de aquellos que la han arruinado. ¡No existe otra forma!, Hermano mío, harías lo mismo en mi lugar. 
Hermano. — Es cierto, sí lo haría.  
Elena. — No, no te dejes convencer. Detén nuestra muerte, si no lo haces la culpa te perseguirá por siempre, cada día, cada noche, pensando que con una palabra, un acción, un simple movimiento,  pudiste detener aquella bala. Por ahora estas a tiempo, salvarte de la culpa. ¡No me dejes morir!  
Hermano. — Ya lo he hecho. Ya has muerto. Elena y Rojas están muertos. ¡Entiende, Rivaldo!, han muerto, por aquel mismo arcabuz, por aquellas mismas manos, manchadas de sangre. Un esposo homicida, que por venganza mató a su esposa y amante.
Rivaldo. — No entiendo que dices. ¡Ella está aquí!
Hermano. — No, no lo está.  
Rivaldo. — Sí, yo la veo. Como siempre ha sido, hermosa, de piel aterciopelada, cabellos ondulados y aromatizados a flores. Ojos como el jade, brillantes y misteriosos. Con una sonrisa cálida y una mirada peligrosa. Manos suaves y pies delgados. La veo aquí, como siempre ha sido.
Hermano. — La ves en tu cabeza. Un corazón lastimado nunca dejará de amar, sino que cada vez que quiera sentir, el amor vendrá acompañado de dolor. Para algunas personas el olvido nunca existe, y en aquel vicio de recuerdos que no se dejan ir, surge la locura. Nunca pudiste perdonarla, por eso la mataste, pero luego un sentimiento mucho más doloroso te acató, ya no sentías la herida que su engaño te había dejado, sólo estaba el dolor de su ausencia. Entonces fue cuando no te pudiste perdonar por matarla, por arrebatártela a ti mismo. Enloqueciste. Y en medio de esa locura encontraste la forma de revivirla, ella vive en ti mismo, pero ella no vino sola, su amante la acompañó. Elena y Rojas conviven contigo mismo. Tres personas en un solo cuerpo.
Rivaldo. — (apuntó el arcabuz hacía el pecho de su hermano, con el rostro en lágrimas) ¡Mientes!, ella no puede estar muerta. Mi Elena… mi Elena. 
Hermano. — Cálmate. Baja el arma.
(El hermano de Rivaldo intenta sacarle el arma de las manos, pero Rivaldo le dispara antes de que pueda arrebatarle el arcabuz)    
Rivaldo. — ¿Qué he hecho?
Hermano. — Rivaldo, hermano querido. Mi mayor miedo fue verte sumergirte en aquella locura, y la peor de las heridas fue no poder rescatarte de ahogarte en ella. No es mi culpa, pero la siento propia. Y muero aquí, intentándote llevarte de nuevo a la superficie, salvarte de ahogarte en tus penas y locura. Pero nos hundimos juntos. Me has llevado contigo al fondo. (Muere)    
Rivaldo. — (Llora abrazando el cuerpo de su hermano) Mis manos, manchadas de la sangre fraterna. No soy más que un monstruo, que arrebata y mata a quien quiere. No sirvo ni vivo. ¿Estaré maldito?
(Rivaldo camina hasta el escritorio y se sienta en la silla. Se queda unos minutos en silencio, inmóvil)
Rivaldo. — Hermano, tengo algo que contarte.
Hermano. — ¿Hay algo que te preocupe, Rivaldo?
Rivaldo. — Creo que Elena me es infiel.

Telón.
                   


         

jueves, 16 de marzo de 2017

La bestia


  — ¿Qué es lo que te hace más humano?
La Bestia se mantuvo callado. Con los dedos cerrados en pos de los barrotes de metal. Mirando con aquellos ojos llenos de la luz de la razón, pero que por momentos parecía perderla. Y eso era lo que todos se preguntaban de él, ¿Qué era tan distinto, qué pasaba por su cabeza?, ¿Siquiera pensaba en algo?
Pierasola sabía bien que la Bestia no le respondería, no importaba cuanto insistirá, mantendría su boca sellada. Así que decidió responderse a sí mismo. Porque sabía que aunque se mantenía en silencio, escuchaba todas sus palabras.
— ¿Qué es lo que te hace más humano y menos bestia?, la respuesta se halla en el verbo, en el hacer, más cercano al abstenerse de los deseos y los instintos. Dependiendo de la satisfacción de aquellos instintos, en la privación y en detenerme a mí mismo, eso me hace humano. Pero ¿Qué te hace a ti humano?, mejor dicho ¿Se te puede llamar siquiera como uno?
Su interlocutor movió levemente los dedos, aferrándose aún más a los barrotes que lo encerraban.
— ¿Por eso te llaman la Bestia?, ¿No? — lo miró durante unos segundos, esperando una mínima reacción o gesto, pero ni eso obtuvo — No eres capaz de ignorar aquellos instintos animales. Actúas como un perro, como un animal, salvaje y desentendido. Ignorando a todos y haciendo lo que quieres. Pero no es lo único que puedo decir, eres tan misterioso, nadie sabe qué piensas o siquiera si piensas. ¿Porque actúas así?, nadie sabe como leerte. Yo sé muy bien que entiendes cada palabra de lo que digo. Tus ojos, son engañosos, son más vivos de los que aparentan, analíticos y conservadores. Estoy seguro, nos engañas a todos, eres un animal porque quieres serlo. Conoces el consenso que rige la sociedad, las leyes y la moral, pero no les temes. Decides no ignorar aquellos instintos, no luchas, y a conciencia y con un deseo cínico te dejas absorber por todas aquellas emociones genéticas y arcaicas. ¿Lo haces a conciencia? O ¿Realmente eres una bestia?, esas preguntas convergen en mi cabeza en una lucha constante.
Pierasola se sentía en medio de un remolino que lo movía con fuerza y lo jalaba con un frenesí vicioso. No podía callarse, las palabras salían de su boca como si las estuviera escupiendo.  
— Si te sientes atraído por una mujer, la atacas. Si te reprenden, lo golpeas. Si alguien te disgusta al límite de desear su inexistencia, simplemente lo asesinas. Las personas podemos tener fantasías o deseos oscuros. Pero no son más que ello y no pasarán de allí. Simples fantasías — miró a la bestia, la cual seguía igual de inexpresiva, pero Pierasola tenía la corazonada de que aquel hombre no estaba enfermo mentalmente como todos creían, todas aquellas atrocidades las llevaba a cabo por el simple gusto de hacerlo, tal vez le gustaba sentir la adrenalina del momento o trascender las leyes humanas normales, no lo sabía, pero aquel hombre era capaz de resolver problemas lógicos a tiempo récord, conocía el orden y la organización social como cualquier ser humano correcto, y podía reconocer la realidad tal cual era, ningún desorden mental o ataques obsesivos compulsivos le aquejaban. Era completamente sano, y su mente estaba en sus cabales, pasaba todos los exámenes físicos y psiquiátricos a la perfección. Su solo defecto se acentuaba en su excesiva falta de sociabilización. Pero Pierasola tenía otra teoría, a aquel hombre apodado La Bestia, no era un deficiente social, ni mucho menos, simplemente ignoraba a todos, era una mera actuación, ya que tenía un papel que interpretar.
Pierasola sostuvo la bandeja de almuerzo con fuerza con una mano mientras con la otra abría la puerta de la celda. Se percató de inmediato que el presidiario observaba la llave con una atención poco común. Le entregó la bandeja con la sopa y luego se sentó a esperar que terminara su comida.
Quince minutos después estaba recibiendo la bandeja de vuelta, con el plato de sopa, ahora vacío. Cerró la celda y nuevamente sintió aquellos ojos clavados en la llave. Pierasola antes de volver por el pasillo intentó una vez más hablar con La Bestia, pero esta vez sin esperanza alguna se recibir respuesta.
—Los humanos estamos en constante cambio interno, nuestros deseos y anhelos son reemplazados dependiendo de las emociones, los tiempos y las circunstancias —entonces la mayor se las dudas lo atacó, quería saber que instintos lo llamaban ahora mismo, en que pensaba, que ideas se arraigaban constantemente en su mente tan misteriosa e inalcanzable — ¿Qué hay en tu cabeza ahora mismo?, ¿Cuál es tu deseo más grande?
Entonces sucedió algo que no esperaba, era algo que había esperado tanto e insistido en obtenerlo, que incluso sus esperanzas habían desistido, por eso mismo lo tomó por sorpresa.
—Libertad —fue lo único que dijo, y aquella palabra fue suficiente para sacarlo de su estado tranquilo y llevarlo a uno de estupor. Sabía que podía hablar, lo había hecho antes durante los estudios a los que fue sometido, pero nunca se había dignado a dirigirle la palabra ni una sola vez en todo este tiempo que había sido su guardia de celda.
—Libertad —repitió Pierasola algo emocionado — Es un estado que los humanos buscamos constantemente, siempre queremos ser más libres, más independientes. Ese es un instinto que nunca pudimos deshacernos. Queremos ser quienes pongamos nuestras propias reglas, caminando sobre un libre albedrío absoluto. Pero eso nos lleva de vuelta a ser humanos, a abstenernos a nosotros mismos, porque donde comienzan los derechos de otros es donde nuestra libertad se acaba.
Pierasola ya no tenía nada más que decir y la verdad era una lástima, porque no creía que obtendría otra oportunidad como esta donde recibiría una respuesta de La Bestia. Pero tenía que marcharse, no era solo su guardia, y tenía trabajo que hacer.
La Bestia miró a Pierasola perderse por el pasillo y cuando ya no pudo ver su silueta, buscó del interior de su manga la cuchara de plástico que había escondido en un descuido de su guardia. Primero la observó de cerca, comprobando su dureza y resistencia. Siempre le traían las comidas con cubiertos de plástico, era una manera de prevenir que pudieran convertirse en armas en sus manos. Primero palpó la cabeza cóncava y supo que era muy débil y se rompería con facilidad pero para su suerte el mango era más grueso y parecía más resistente. Entonces evocó la imagen de la llave a su mente. Y comenzó a tallar el extremo de la cuchara contra la pata de la cama, que tenía una arista bastante pronunciada.
La tarea le llevó muchos meses. Debía cincelar la cuchara muy lentamente, si lo hacía muy rápido o con mucha fuerza, el sonido producido, podría llamar la atención de Pierasola.
Cada vez que venían a traerle su almuerzo le echaba otra mirada a la llave e iba guardando la forma y cantidad de dientes en su cabeza, para posteriormente ir tallando el recuerdo en la cuchara de plástico.
Cada vez que era la hora de comer, sabía que vendría otra tanda de argumentos que pretendían ser elocuentes y con aroma a filosofía, que si bien le era algo fastidioso por lo pretencioso y fanfarrón que resultaban sus argumentos, a veces en cuando Pierasola decía algunas verdades. Como su deseo de libertad, y su decisión de no reprimir aquellos impulsos, sabía bien lo que hacía y disfrutaba sentirse malvado, era un deleite y placer que las acciones samaritanas no le podían regalar. Tal vez estaba loco por pensar así, por ser el villano concienzudamente y disfrutar de sus malas acciones. Y es cierto que permanecía en silencio a propósito, lo hacía para confundir a sus doctores, ¿Realmente creían en la existencia de la maldad?, porque siempre querían justificar alguna acción descarada o fuera de lo común con alguna enfermedad mental. ¿Él era diferente por no sentirse de aquella forma?, o ¿Todos eran iguales y pretendían estar locos para suavizar sus condenas? Y algo le decía que Pierasola lo entendía a pesar de ser un simple guardia, ya que no creía en el diagnóstico de los psiquiatras, él lo veía como alguien que fingía, y no se equivoca, deseaba salir de aquella prisión para continuar con su insaciable vicio de ir contra la corriente.
Una noche, cuando todo estaba en silencio, subió la manga de su suéter. Había estado escondiendo la llave allí. No en la manga, porque cada vez que le lavaran la ropa la encontrarían, sino que había afilado la parte honda de la cuchara hasta convertirla en una pequeña cuchilla, y con ella había cortado la piel de su codo interior quince centímetros de manera ascendente. Había sido muy cuidadoso de no herirse las venas, ni que el corte fuera muy profundo. Y en aquella pequeña hendidura de piel, había escondido la cuchara. No lo había hecho en un pie, porque sería difícil de ocultar una cojera y a la hora de escapar prefería tener los dos pies sanos en vez de las manos.
Entonces uso las uñas para abrirse la herida, la cual tenía una cicatrización reciente, y tomando la cuchara de su interior, mientras se mordía los labios pretendiendo ahogar el quejido de dolor.
Esperó varios segundos para recomponerse y luego infiltró la llave de plástico en la herradura. Antes de girarla hizo una oración silenciosa, deseando que funcionara, ya que los intentos anteriores habían fracasado y le habían llevado a alargar su tarea de frotar la cuchara contra la pata de su cama. Era una tarea tediosa y desesperante.
Al final se decidió, no podía darse el lujo de perder ni un momento más, tenía los segundos contados. Giró la llave y la cerradura hizo un clic. Sonrió satisfecho consigo mismo y se preguntó, ¿Acaso era acertado que lo llamarán La Bestia?, un animal nunca sería capaz de escapar de su jaula.



miércoles, 1 de marzo de 2017

Venganza inacabada


                La mujer, temblaba como designio de la ira que fermentaba en su interior, mientras paseaba un arma de fuego de una mano a otra, sentada sobre una silla ya vieja, que rechinaba al ejercer peso sobre ella. La pelinegra se inclinaba hacia adelante, como si su pecho llevara un peso de plomo que la obligaba a encorvarse. Su hermano, al otro lado de la habitación oscura, la miraba en silencio, interpretando de la mirada rabiosa de la mujer, que estaba preparándose para cometer una locura.    
                — Todos pagaran — decía con los ojos secos, era incapaz de llorar, ya que sentía una emoción mayor a la tristeza, era la ira, la rabia contenida, podía sentirlo en cada confín de su cuerpo, era como fuego quemante como una estela encendida — Esas malas personas no merecen vivir…  
                — ¿Sabes lo que diferencia a las buenas personas de las malas?     
                La pregunta del hombre había colisionado con la realidad de la mujer de manera violenta, la había despegado de su figuración vengativa, plantando en ella el desconcierto y algo de confusión. Su hermano no esperó respuesta alguna, en cambio continuó hablando.
                — Que las buenas cuando obtienen la oportunidad de vengarse, no lo hacen.
                La mujer parpadeó intermitentemente, escuchando las palabras de su hermano, si bien no podía ver su rostro a causa de la oscuridad, podía imaginarse la expresión que tenía en ese momento su rostro.    
                — Una buena persona es justiciera también — luego de recomponerse, la mujer optó por refutarle, frunciendo el ceño algo ofendida.     
                — No confundas venganza con justicia. ¿Quién te ha dado la autoridad para impartir castigos y adulaciones a tu parecer?, ¿Qué te hace mejor que ellos?
                — ¡Yo no he cometido sus mismos pecados! — contraatacó levantándose de su silla de manera enérgica.
                — No, por ahora — su hermano caminó alrededor del escritorio, acercándose a la ventana para que la luz de la realidad impactara con su rostro mutilado — Para que una venganza pueda considerarse satisfactoria debe ocasionar el mismo o mayor daño que la ofensa que se trata de vengar. Al ser hacedora de dicha venganza, ¿No te convertiría en una peor persona?, ¿No serías peor que esas personas que tanto odias?        

                La hermana fijó sus pupilas en el rostro de su hermano, manteniendo las lágrimas en los ojos. Entonces pensó en lo que le dijo y sintió miedo inmediato, y una leve vergüenza. Caminó hasta el escritorio y guardó el arma de vuelta en el cajón. Guardándose la ira y todo sentimiento negativo en el fondo de su ser, pero a pesar de que estaban en su interior, ocultos, no se significaba que estuvieran seguros, sino que eran sentimientos inestables, y aun peor, muy peligrosos.   

lunes, 20 de febrero de 2017

Galera de Sangre



                

     Debajo de un cielo de paños grises, cuna de centellas que atronaban furiosas hasta asustar a la tierra, que miedosa, temblaba ante su eléctrico tacto. Las calles de la ciudad eran abrumadas por las sombras frías de la noche, y de entre ellas se escondía él. Quien no le temía a la oscuridad y mucho menos a la sangre. Esperó que los goznes metálicos giraran y revelaran la figura que estaba esperando desde hacía horas, cuando lo vio salir del local, surgió de entre las sombras, y allí llevó a cabo su cometido. Desfundó el arma blanca que guardaba oculto en el interior de su bastón y con la hoja fina y férrea, apuñaló al desconocido, si bien era la primera vez que lo veía en persona, sabía muy bien de quien se trataba, lo había estado estudiando durante los últimos días. Sabía que bares frecuentaba, que clase de mujeres lo acompañaban, cuáles eran sus horarios y amistades. Lo sabía todo. Y aquel estudio minucioso que había trabajado el último tiempo lo llevó a este momento justo, y a que fuera factible terminar con el encargo.

     Ni siquiera se paró a pensar, ni siquiera algún miedo lo detuvo, porque era incapaz de sentirlo. Virtudes como el temor y la moral le eran imposibles, y sí, virtudes, porque creía que el hombre que las sintiera era sin duda virtuoso, llenó de sentimientos que él nunca conocería. Incluso en algunas ocasiones extremas llegaba a sentir envidia de ellos. Una dura infancia y adolescencia lo había llevado a ser quien era hoy en día, todos aquellos sucesos que en un principio lo atormentaban, hoy eran la razón que lo hacían el más apto para este trabajo.

     Cuando el trabajo estuvo terminando, retiró el cuchillo del pecho de su víctima. Era algo rudimentario, en esta época podría tener un arma de fuego efectiva y veloz, que le ahorraría gran parte en su oficio, pero seguía prefiriendo aquel cuchillo, no sabía las razones exactas, pero estipulaba que podría ser porque el caudal de sangre no se comparaba, y además podía sentir en la palma de su mano y en la yema de sus dedos cuando la hoja penetraba, eso no se podía experimentar con una bala. Y lo más importante, aquel cuchillo era un vínculo con su pasado.

     Dejó al cuerpo allí, abandonado en aquel callejón escaso de luz eléctrica. Y haciendo uso de aquella oscuridad, la utilizó para irse de la misma manera que había llegado, sin que nadie lo notara.

     Se acercó a un teléfono público y desde allí llamó a su jefe.

     — El trabajo está hecho — fue lo único que dijo y volvió a colocar el tubo de teléfono en su respectivo lugar.

     Se acomodó la galera negra y se aventuró al interior de la lluvia, que caía violenta y filosa.

     Cuando era más joven lo atacaban las pesadillas, que eran fragmentos de realidades vividas, meros recuerdos tormentosos, pero había logrado apagar el tormento superándolo, se volvió peor de lo que le causaban aquellas pesadillas, y si él era más peligroso ya no debía porque temerle. Un padre golpeador, que no hacia distinción entre un niño y una mujer, a ambos le pegaba igual, y sin razón alguna. Con puños, palos, patadas o incluso con la misma botella con la que se había emborrachado, todo era un arma, y las cicatrices de su cuerpo eran testigo de eso.

     Su primer muerte fue la que lo liberó, pero a costas de convertirse en otra persona. Desde ese momento ya no fue el mismo.

     Su padre estaba endeudado hasta los dientes, incluso le debía una gran cantidad a la mafia.

     Aquel día fue como cualquier otro, su padre se pasaba de alcohol hasta volverse violento, y descargaba toda su rabia y enojo contra su madre. La golpeó y esa vez, sucedió algo diferente, la mujer, sumisa y temerosa nunca se había atrevido a enfrentarse a su esposo, pero llegó un momento en el que su paciencia se agotó, ya no podía soportarlo más, y aquel nuevo sentimiento en ella la volvió de ser una mujer sumisa a ser una mujer que por primera vez en su vida se oponía, se negaba a seguir sufriendo, y ese cambio fue su fin.

     El hombre no pudo permitir que se le oponieran, o por lo menos eso le decía su absurdo orgullo. Ni siquiera supo lo que hizo. Sus manos se movieron involuntariamente, tomó un cuchillo de la cocina y con él, apuñaló a la mujer golpeada.

     El niño fue testigo de todo eso, y si bien estaba acostumbrado a ver sangre, nunca la había visto en tanta abundancia.

     — ¿Mamá? — preguntó una y otra vez, y al darse cuenta que su madre no respondía, entendió lo que había sucedido.

     Ese fue el momento clave y culminante. El quiebre de su vida, la metamorfosis de su personalidad. De repente lo embarcaron sentimientos que nunca había sentido, mientras perdía parte se su alma. Tomó el cuchillo que descansaba en el pecho apagado de su madre y saltó sobre el asesino. Su padre no pudo moverse de su lugar. La nueva mirada que se posaba sobre el rostro de su hijo lo asustó, nunca había visto ojos tan locos y apagados, faltos de la luz de la razón.

     El niño se quedó tres días inmóvil, sentado sobre la pared de la cocina, sin mover ni un solo músculo, rodeado de dos cadáveres envueltos en sus sangres ya secas. Y ubiera permanecido allí, entre el sueño y la realidad, muchos día más, pero el ruido de la puerta abriéndose cambio su vida para siempre. Un hombre vestido de negro, con un rostro trazado por una cicatriz, irrumpió en su casa. Él no era un niño tonto, ya había visto a ese hombre un par de veces. Siempre amenazaba a su padre, que si no pagaba lo borraría del mapa, y ese día había ido a cumplir su palabra.

     — Parece que alguien se me adelantó en el trabajo — su chiste había sido algo cruel para la ocasión, pero personas como él le interesan poco los sentimientos ajenos. Y por lo que pudo ver en aquel niño roto, ese jovencito era igual a él.

     Se colocó en cuclillas y miró al niño de cerca, y por la mirada en su pequeño rostro supo que él había matado, no estaba seguro si a ambos padres o sólo a uno. Aquel niño estaba solo, y la vida que le restaba era mucho más difícil y dolorosa. Y personas como esas solo sirven para una cosa, podía verlo en el niño, ya no había vuelta atrás. Y en vez de sentir lástima como cualquier persona pudiera sentir en esa situación, sintió algo muy diferente, sonrió pensando que conocía el lugar perfecto para esta criatura, donde podría explotar su nuevo don mucho más. Estaba seguro que sería una gran inversión para la organización, entonces lo tomó en brazos y lo llevó con él a un nuevo mundo del cual ya no habría escapatoria.

      Desde ese día lo habían integrado a la mafia, era como una nueva familia, así lo sentía, incluso lo trataron mejor que en su casa, siempre tenía la panza llena mientras hiciera los encargos que le encomendaban. Y así creció, hasta convertirse en el hombre que era ahora, mataba para comer con el mismo cuchillo que lo inicio en aquella vida. El mismo cuchillo que uso su padre para matar a su madre, y que luego usó él mismo para vengarla, es el mismo que guardaba en el interior de su bastón.

      Así pasaron los años, cada muerte nueva era una mancha más a su alma oscura. Cada gota derramada se llevaba de él un poco de su humanidad, y así se convirtió en lo que era ahora, era una mera cascara vacía.

      Cuando el creyó que el resto de su vida consistiría en eso, sangre y seguir viviendo sin un propósito, siquiera sabía decir si a eso se lo podía describir como vivir, incluso a veces llevaba la mano a su pecho para asegurarse que su corazón seguía allí, sus latidos eran el único indicio de que aún seguía vivo, seguía siendo un humano. Y cuando creyó que seguirá todo igual, que nada podría ya cambiar, la realidad se burló de su inocente pensamiento, porque el tiempo es inestable, víctima de la fortuna que lo mantiene en constante ósmosis.

      El segundo quiebre en su vida se dio un día señero, singular e irrepetible. Se encontraba en la casa del nuevo jefe de la mafia, el mismo hombre que lo había recogido aquel día de su casa, que lo había abstraído de aquella escena sangrienta para iniciarlo en un nuevo mundo. Aquel hombre que era lo más parecido que tenía que podría llamarse le familia, un padre.

      Le tenía una nueva tarea asignada, de suma importancia que pocos sabían de su existencia en la organización. Se trataba de un hombre, un detective, que había estado entrometiendo su nariz en la organización a tal punto que se había vuelto peligroso para la misma.

     — Quiero que te encargues de él y de su casa. Será una advertencia para los futuros husmeadores que quieran meterse con nuestra familia.

     La familia, así se llamaban a sí mismos los que pertenecían a la organización. Pero ¿Realmente lo era?

     Hizo lo que le encargaron, tiñó de rojo oscuro el suelo, con la sangre del detective y su esposa. Estaba por volver a la mansión de su padre cuando una pequeña voz, algo dulce e infantil.

     — ¿Mamá? — Esa pregunta lo remontó tiempo atrás, era la misma que él había formulado en una escena similar. Los padres del niño estaban muertos al igual que los suyos, y después de mucho tiempo sintió algo, el hecho de experimentar algo nuevo le fue abrumador, incluso robó su respiración por unos segundos. Y lo que sintió no se pareció en nada a lo que sintió el jefe de la mafia al verlo en medio de los cadáveres de sus padres. Fue una emoción muy distinta. Tristeza. Tristeza. Y más tristeza, era dolorosa, casi insoportable. Era como si le desgarraran el pecho con garras invisibles. Pero al mismo tiempo su alma obtuvo un poco de luz en medio de tanta oscuridad.

      Los ojos del niño se iluminaron a causa de la luz de la lámpara que rebotaba sobre sus lágrimas. Solo tenía dos opciones: matarlo o llevarlo a la organización. Pero a simple vista este niño no tenía un alma como la suya, era puro y brillante. Entonces lo correcto era matarlo. Pero no pudo siquiera moverse de su lugar. No podía arremeter contra aquella criatura.

     Matarlo o llevarlo a la mafia.

     Sólo dos opciones. ¿Por qué no podía haber una tercera? No quería matarlo ni tampoco volverlo alguien tan oscuro como él. No quería que el ciclo continuara.

     — ¿Quién eres? — preguntó el niño asustado sin poder detener las lágrimas.

     El asesino de la galera se acercó al niño y acarició su cabeza para tranquilizarlo.

     — He venido a salvarte— le dijo. El niño lo miró esta vez con menos miedo, creyendo que el hombre con la galera y un bastón era una especie de héroe como el que salía en los cuentos que le contaba su madre antes de dormir.

     El asesino tomó al niño en brazos y salió de la casa. Se rehusaba a llevar al niño a la organización, y también se negaba a volver a poner un pie en esa mafia. Necesitaba una razón para salir de esa vida y la había encontrado. Sabía bien que a partir de ahora las cosas no serían fácil, uno no desobedece al jefe de la mafia y la abandona tan fácilmente, pero confiaba en sí mismo y haría todo lo necesario para cortar con aquel ciclo.

jueves, 2 de febrero de 2017

Sucesión Real


                Aquel rey, de cuyo reino ya nadie recuerda su nombre, yacía sobre su lecho, incapaz de moverse, porque año tras año su dolor corporal iba en aumento hasta un punto sin retorno. Entonces cuando comprendió que ya no saldría de su enfermedad, mandó a llamar a sus dos hijos varones, sabiendo que era hora de sucederles su reino.   
                Los jóvenes se congregaron alrededor de la cama de su padre, este se veía demacrado, sin fuerza, por culpa de su tan larga enfermedad, que lo consumía día y noche como un parásito.
                El anciano extendió su mano, con dedos envueltos en piel arrugada, y abrió su boca lentamente, incluso hablar le exigía de un gran esfuerzo físico y mental.   
— Amados hijos, saben bien que su padre está en el umbral de su vida, y no intenten convencerme de lo contrario, lo sé bien. La muerte me acecha cada día nuevo, lo siento en el cuerpo, como pierdo las fuerzas lentamente, como cada vez es más difícil respirar y mantenerme despierto. Por eso he decidido ver mí legado todavía en vida, el reino que he sembrado y madurado todos estos años de vida, hoy les toca heredarlo. Para mi hijo mayor, Egidio, serás señor de las tierras del norte y del este, tu poderío se extenderá desde la ciudad de Agar, hasta los campos de Bieito, para mi segundo hijo, Galvan, dejo en tus manos el sur del reino, tanto la ciudad de Cenon, los pueblos del monte Eduvigis y las mesetas de Florian, te pertenecen. Ambos, a partir de hoy los nombro reyes, reyes hermanos. Obren con inteligencia y esparzan la justicia sobre sus tierras, esa es la fórmula de la prosperidad.   
Los hijos se despidieron de su padre cuando este terminó de hablar, y se encaminaron a la salida, el anciano necesitaba dormir para que la medicina surgiera efecto.
Galvan esperó a que su hermano mayor cerrara la puerta de la habitación del padre, y mientras retomaban la marcha hacia el pasillo, se dispuso a hablar, con la voz cargada de sincera alegría.
— Querido hermano, le felicito por heredar las mejores tierras del reino, y le deseo un mandato prospero y tiempos de paz. Será un rey que todos honraran y adoraran, estoy seguro de ello.
— Calla Galvan, soy consciente de mi valía, y también lo soy del hecho que me han despojado de lo que por naturaleza me pertenece.
— ¿De qué estás hablando?
— No me engañaras con tu teatro de confusión. Ya es suficiente vergonzoso crecer viendo como un niño bastardo es tratado como uno legítimo, incluso nombrado infante — Egidio pronunció una carcajada burlesca — Mi padre siempre fue de corazón blando, al otorgarle tantos beneficios a un niño nadie, eres consciente que todos estos atributos no te pertenecen, y sin embargo no has hecho nada para ponerte en tu lugar, has aceptado las condiciones de mi padre con una sonrisa altanera, en vez de quedarte en donde correspondes.   
— Mi conciencia está limpia, porque no he tomado nada más valioso de lo que una vez mi hermano mayor tuvo, siempre eligiendo las telas menos hermosas, el corcel menos veloz, nunca una pertenencia de más valor que la tuya, soy tu hermano menor, cierto es que de madre desconocida, un hijo ilegitimo, bastardo, y no me avergüenza decirlo, porque conozco mi lugar.
— Un hijo ilegitimo que sabe su lugar, no se haría con la mitad del reino, que por ley natural me pertenece, a mí, el único hijo de la reina.   
— Nunca he rechazado algo obsequiado por mi padre, y no lo haré ahora, porque lo amo bastante, por haberme querido como a un  hijo legítimo, aunque no lo sea, por lo que no puedo despreciar sus intenciones, porque sus deseos son prioridad para mí.
— Has mostrado tu verdadera cara, tantos años engañando a mi padre, pero al contrario de vuestro padre yo en ningún momento he caído en tus trampas.  
Galvan cambio su expresión al darse cuenta que era inútil intentar convencer a su hermano, decidió en acabar la discusión y marcharse a su alcoba.       
— Ojala un día descubras que tan equivocado estás — y se marchó, caminando algo apresurado, apretando los puños a los costados de su cuerpo, intentando mantener los sentimientos que sentía a raya, le dolía que su hermano dijera aquellas cosas sobre él.  
Egidio miró como su hermano se alejaba a lo largo del pasillo, y solo pudo pensar en cuanto odiaba a su hermano, y que su sola presencia siempre había restado un poco de la de él, porque si él no hubiera estado todo este tiempo, él siempre podría tener un poco más. No podía verlo más que como un parásito, como alguien que absorbía su luz, su poder y al fin y al cabo su sangre pura, porque Galvan, hijo ilegitimo, de sangre sucia, tal vez esa era la única forma que tenía para purificar su sangre. Le repugnaba la sola idea de imaginárselo como un insecto pegado a él. Recordó todo lo que había perdido, no solo fortuna era lo que le robaba, también se había llevado a la mujer más hermosa del reino, alguien que él pretendía desde muy joven, y lo que más le dolía, el favor de su padre, quien siempre parecía salir a favor de Galvan, como si tuviera preferencia por él, y bien que la tenía. Y fue en ese momento, en medio de ese huracán de ira y celos que sentía, que se juró a sí mismo que recuperaría todo lo que su medio hermano le había arrebatado. Volvería a unificar el reino, y dejaría a Galvan sin nada.      
Los días pasaron, cada príncipe pasó por la ceremonia de coronación, asumiendo las tierras que le eran dadas por su padre. Los reinos crecían, divididos, pero a la par. Pero no importaba cuanta prosperidad recibiera Egidio, no le era suficiente, mientras su hermano fuera feliz, él no podía disfrutar de sus riquezas. Así que no tardó mucho en comenzar aquello que Egidio consideraba el propósito de su vida, porque era lo único en lo que podía pensar, era lo único que deseaba.
Estaba sentado en su despacho, mientras su mente maquinaba todas estas ideas. Interrumpido por un llamado a la puerta, pudo sentir como la comisura de su boca se elevaba levemente, estaba esperando, expectante y algo emocionado que Nuño terminara el trabajo que le había encomendado.      
— Don Egidio, he terminado con la investigación.
— Muéstrame — afirmó más emocionado de lo que debería.
Nuño se acercó sigilosamente, cada vez que caminaba era como si lo hiciera el viento, silencioso y desapercibido, esa era una de las razones por la cual Egidio mantenía al chico en el palacio, además de ser sumamente eficiente en todas sus tareas, también era nada bullicioso. El joven le entregó un par de hojas al monarca, quien las recibió sin poder borrar aquella sonrisa de su rostro.
— Has hecho un buen trabajo — comentó mientras le daba una hojeada al informe, donde se detallaban los proveedores y comerciantes más importantes del reino de su hermano, además había un mapa dibujado a mano, seguramente por el mismo Nuño, indicando cuales eran las rutas y los lugares de encuentro donde se llevaban a cabo los negocios más importantes — Comenzaremos de inmediato. Reúne un grupo de hombres que se vean como delincuentes corrientes, interceptaran a los proveedores mercantiles y a los recaudadores de tributos aquí, aquí y aquí, mátenlos y róbenles toda la mercancía. Luego quiero que inicien un incendió en los campos del monte Eduvigis, allí es de donde deriva su mayor producción. 
Nuño prestó atención a sus indicaciones y las guardó en su cabeza, pero había una duda que le carcomía, y no sabía si la confianza que el rey mostraba hacía él era suficiente como para realizar aquella pregunta, pero al final optó por arriesgarse.
— Don Egidio, disculpe mi impertinencia, pero ¿Que pretende lograr al obstruir el reino de su hermano, Don Galvan, económicamente?
— Él no es mi hermano, no es más que un enemigo. Si su reino cae en recesión, mi padre se verá decepcionado de él — lo último lo dijo conteniendo una carcajada.      
Nuño se mantuvo de seguir escarbando por información, aunque lo deseara, sabía que su rey apreciaba a las personas que no se inmiscuían donde no les correspondía hacerlo. Así, que luego de despedirse del rey como correspondía, se marchó a poner en obra las indicaciones del monarca, las que por ahora permanecían solo en su mente.     
Una sucesión de hechos transcurrió de manera consecutiva en el reino de Galvan, algunos de sus funcionarios terminaron muertos, al igual que los mercantes que proveían a las ciudades y también perdió los tributos recaudados. Eso era un duro golpe a la economía de su reino. A pesar de que los asesinos no pudieron ser identificados, Galvan guardaba cierta sospecha sobre quien podría estar implicado en estos sucesos, si bien no se atrevía a poner el nombre de quien creía culpable en palabras reales, no podía sacarlo de su mente. Y para peor, se estaba desatando un incendio incontrolable en el monte Eduvigis, consumiendo hectáreas de plantaciones. Debía actuar rápido, pero no podía arriesgarse a culpar a su hermano, y mucho menos a pedir su ayuda, porque sabía muy bien que no lo escucharía. Se sentía frustrado y solo había un lugar a donde podía recurrir, y estaba seguro que en presencia de aquel hombre lograría aclarar su cabeza.    
— ¿Galvan? — Lavinia, la esposa de Galvan, al ver que su esposo se preparaba para salir del palacio, no pudo contener su curiosidad — ¿A dónde te diriges en estos tiempos de crisis?   
— Mi amada Lavinia, iré a ver a mi padre, esperó que aquel hombre me presté un poco de su sabiduría. Solo a él puedo recurrir en estos momentos.
La mujer asintió en comprensión, y vio desde la puerta de entrada, como su esposo se alejaba, escoltado por la guarnición real, en dirección al viejo castillo.
Cuando Galvan llegó, encontró que él no era el único que había ido de visita al castillo de su padre, sino que su hermano mayor también se encontraba allí, aunque desconocía las razones, no podía evitar desconfiar de su visita, era como si lo estuviera esperando.
— Galvan, ¿Qué haces aquí?, los rumores de que tu reino está atravesando una etapa de crisis llegó hasta mi gente. La noticia me sorprendió un poco. Todo tan repentino.
Galvan supo leer la sorna en la voz de su hermano, a pesar de que era casi imperceptible, estaba allí, como un puñal, que hiere a la carne, la rebana y aplica dolencia. Pero Galvan no se iba a dejar herir por sus palabras, porque tenía una intuición interna, de que nada era lo que parecía.
— Es cierto, funcionarios, mercantes y recaudadores muertos, y un incendio en los montes. Son un duro golpe, pero no es lo suficiente fuerte como para tirar a su rey. Solo queda encontrar quien está detrás de todas estas tramoyas. Que estoy seguro, que no debe ser más que un pobre hombre, al cual no podría odiar, mas desearle que vuelva al camino de la rectitud. Tanto rencor hacía un solo hombre no es sano.
Egidio sintió como si alguien le golpeara en la cabeza, solo fue una sensación producida por sus palabras, porque era como si su hermano supiera que él era el culpable de todos los atentados, a pesar de que no tenía ninguna prueba en su contra. No pudo responder, porque si intentaba defenderse sabía que estaría poniendo en evidencia su culpabilidad, así que solo optó por ignorar su acusación poco transparente, y actuar de desentendido. 
— Siendo ese el caso, deseo que puedas resolver esto pronto.
— Tu manera de decirlo me indica que en verdad quieres todo lo contrario.
Sí, ni siquiera pudo borrar el tono burlesco de aquella oración, y no le importaba, insultarlo era como una pequeña batalla ganada, o por lo menos eso sentía Egidio cada vez que importunaba a su hermano con palabras.            
Egidio sonrió entre triunfante y maquiavélico. Mientras que la expresión de Galvan se tornaba algo entristecida, nunca pudo comprender aquel odio que él consideraba sin sentido que mantenía Egidio hacía él.
El hermano menor no dijo nada más, ignoró la presencia de su hermano, y se dirigió a la habitación donde descansaba su padre, todavía frágil, si bien al borde de la muerte, todavía no había perdido ni un trecho de su lucidez.    
— Galvan, mis ojos se alegran de verte, querido hijo.
— ¿Puedes alegrarte al ver un hijo tan inútil?, tus tierras, a mí confiada hoy corren peligro. 
— Si no fueras apto para ser señor de ellas, nunca te las hubiera dado. Eres inteligente y calculador, pero lo más importante, nunca te dejas llevar por los sentimientos, en eso eres todo lo contrario a Egidio, quien no dudaría ni un segundo en actuar según lo que padece. Mantente siempre frío como has hecho hasta ahora, y veras como serás capaz de solucionar todo, porque el calor del corazón nubla la razón de la mente. Recuerda siempre eso.   
Galvan, quien se había mantenido parado a un lado del lecho, escuchó las palabras de su padre con atención, y las guardó muy dentro de sí, porque saber que su padre no se sentía decepcionado de él, era un disparador de felicidad. 
Egidio también había escuchado aquella conversación, escondido a un lado de la puerta, comenzaba a sentir como la frustración rugía y se mezclaba con la ira en crecimiento. Se suponía que su padre debía reprenderlo, decirle cuanto deshonor había traído para aquel viejo a punto de morir, pero no había sido eso lo que había escuchado. Tanta alagaría le enfermaba. Se sentía como un animal rabioso, y con esa sensación comenzó a caminar, se alejó del castillo cabalgando a toda velocidad, exigiéndole más de lo que debería a su corcel. Estaba cansado de que le robaran su lugar, el reconocimiento y todo aquello que le pertenecía.
— ¡Asqueroso bastardo! — gritaba mientras pasaba los quilómetros de su reino, en dirección a donde creería que por fin podría cobrar la venganza que necesitaba. Solo había un lugar al que podría ir para terminar con todo de una sola vez, y si quería que funcionara debía asegurarse con sus propios ojos y destruirlo con sus mismas manos. La sangre le hervía, antecediéndose a lo que haría a continuación.    
Mientras tanto, Galvan, con la mente llena de pensamientos y el corazón rebosante de determinismo, sonrió al escuchar las palabras de su padre. Era sabio, y agradecía a Dios por haberle hecho hijo de aquel hombre. El antiguo rey miró a su hijo, y con una sonrisa en los labios, comenzó a sentir como aquella pequeña llama que lo mantenía despierto se apagó, sus parpados se cerraron con parsimonia.
Galvan sintió tristeza al darse cuenta que había perdido a su padre. Las lágrimas corrieron por sus ojos e intentó ocultarlas detrás de la palma de su mano. Pero lo que había dicho su padre, eran palabras que podrían convertirse en brisa si no hacía algo por solucionar su relación con Egidio. No debía desesperar, y sabría qué hacer. Y cuando sus lágrimas cesaron se decidió, entonces salió de la habitación en busca de su hermano.  
— ¿Dónde está Egidio? — le preguntó a uno de los sirvientes.
— Se ha marchado de improvisto.
Galvan lo comprendió de inmediato. Ya era muy tarde para arreglar las cosas. O tal vez no. Sabía que no encontraría a Egidio agazapado en su palacio, no, ni tampoco lo vería recorriendo sus jardines o plantaciones, no, estaba seguro que allí no lo encontraría. Tomó el caballo más veloz del establo y corrió lejos del castillo y lejos del reino.
Llegó a los límites de las tierras de su hermano, y se internó en las de su reino, hasta llegar a su propio castillo. Saltó del caballo y corrió indicándoles a sus hombres que abran las puertas. Anduvo por el interior del castillo, camino a su despacho.
— ¿Lavinia? — preguntó con el temor agarrotándole el corazón.
— Los muertos no responden a preguntas — la voz que le respondió no era de quien esperaba, pero le seguía siendo familiar. Aquella oración paralizó su mente por un instante, y sintió como un fuego invisible subió hasta su rostro.
Galvan dio un paso dentro del despacho para encontrar el peor de los escenarios. Lavinia, su esposa, se encontraba recostada sobre un lago escarlata, inmóvil, sobre el frío azulejo del piso. Más allá, sentado en el sillón que le pertenecía, el mismo sillón donde llevaba a cabo todos sus trabajos, allí se encontraba su hermano, sentado con las piernas abiertas, y las palmas de las manos descansando sobre una empuñadura con recubiertos de plata y oro, perteneciente a una hoja larga y metálica, húmeda en sangre. Galvan intentó mantener la compostura, no podía sentirse desfallecer en estos momentos, como le había dicho su padre: el calor del corazón nubla la razón de la mente.   
Galvan tomó un sable que descansaba como ornamentación en la pared, cerca a la estufa, sin quitarle los ojos de encima a Egidio.
— Mi esposa, mi reino, ¿Qué más piensas quitarme?     
— No he hecho más que quitarte lo que me pertenecía. Yo fui primero en cortejar a Lavinia, pero cuando un chico bastardo piensa casarse con ella, la infanta más nuestro padre te eligen a ti. Destruiré todo lo que me quitaste, y te mataré. El reino volverá a lo que era, uno solo, volverá a su verdadero señor.
— Has sido infeliz toda tu vida, guardando rencor absurdo. Estaba pensando en darte una oportunidad, pero llegué muy tarde, y por actuar tarde Lavinia está muerta.
Galvan y Egidio encontraron armas, el choque de metales atronó es toda la sala, rebotando aquel sonido agudo y férreo. Egidio era más fuerte y habilidoso, pero abrumado por la ira, luchaba sin pensar en los movimientos de su cuerpo, era como si se enfrentara a un animal rabioso, sin entendimiento, solo luchando con la guía de su instinto. En cambio el hermano menor mantuvo su corazón sereno y su mente fría, esa fue su ventaja, aquella fue la fuerza que le dio la victoria en la batalla. El sable travesó el corazón de su hermano, quitándole la vida, y fue entonces, cuando el cuerpo de Egidio cayó al suelo sin vida, que Galvan pudo por fin dejar abrumarse por los sentimientos que había estado conteniendo. Tristeza. Dolor. Confusión. Angustia. Melancolía. Y el ramalazo de la perdida, hicieron su aparición, como un huracán tomaron presencia en su interior, y cayendo de bruces se entregó al quiebre.   
Los tiempos transcurrieron lentamente, y un día, mientras Galvan visitaba el cementerio de su familia, se quedó frente a la tumba de su padre más tiempo del que acostumbraba.
— Estoy cuidando del reino con la sabiduría que has compartido todos los años que permaneciste conmigo. Mantengo mi corazón frío para crecer mentalmente, volverme un mejor rey y hombre, anhelando banalmente alcanzar tu sabiduría y convertirme en el hombre que una vez fuiste. Si bien las tierras volvieron a unificarse, hubiera deseado que las cosas hubieran sucedido de otra manera.             Y allí se quedó, contándole a su padre lo que sucedía y dejaba de sucederle, como enfrentaba los problemas y los solucionaba, y cuanto extrañaba a él y a su difunta esposa, que eran aquella compañía cálida que lo escoltaban en la vida. Luego caminó más allá, hasta pararse frente a una tumba algo tosca, con la estatuilla de un arcángel extendiendo las manos vacías.
— Un deseo siempre aquejó a mi corazón, amor fraternal, que el rencor unilateral nunca hubiera existido, pero aquel deseo no es más que un sueño ligero, que se esfuma con la realidad que arrastra, día tras día, mi vida, mi salud, mi juventud.  
Galvan desfundó la espada que había pertenecido a su hermano, la misma que había utilizado para asesinar a su mujer, la misma que había chocado en batalla cruel, y luego de sostenerla unos minutos fuertemente por la empuñadura, hasta que sus puños se volvieron blancos, la apoyó sobre las manos desnudas y regias del arcángel de piedra, mientras pronunciaba un poema que conocía bien, con los ojos convertidos en caudales de agua salada:   
Por muchos pueblos y por muchas aguas llevado,
vengo, hermano, a estas miserables profundidades,
para honrarte con el último oficio fúnebre
y hablar inútilmente a tu muda ceniza,
puesto que el destino te alejó de mí,
¡ah! infeliz hermano, injustamente arrancado de mí;
ahora, sin embargo, acepta esta ofrenda, que por antigua costumbre
es lanzada a las profundidades en tu triste oficio,
mojada en llanto fraterno, enormemente,
y para siempre, hermano, hola y adiós.





martes, 17 de enero de 2017

Miradas que matan


                Me encontraba sentada junto a la ventana. Hacía varios minutos que el avión había despejado, pero no podía dejar de sentirme intranquila, no es que le tuviera miedo a volar, ni mucho menos, mis nervios afloraban a causa de otra razón. Busqué el sobre en el interior de mi maletín nuevamente, lo tomé de forma poco agraciada y mis dedos temblaron ligeramente al intentar desdoblarlo. Me habían encargado un paciente muy importante y algo especial, que seguramente descubrir el padecimiento de este individuo despejaría mi reputación entre la comunidad médica de alto prestigio. Era joven todavía y el hecho de que me hayan encargado este caso me hacía sentirme insegura.    
                La carta era corta y concisa, me daba la dirección de la casa del paciente, y terminaba diciendo que varios doctores lo habían tratado pero que no habían podido detectar ninguna anomalía en el paciente, y era mi tarea confirmarlo. Mis profesores de la universidad de medicina albergan grandes esperanzas en mí, en una graduada en honores y mejor de su clase. Realmente no me gusta alardear de todo esto, es más, soy bastante insegura aunque nunca me he equivocado en un diagnostico hasta ahora, espero que este caso no me obligue a romper con mi perfecta racha de diagnósticos.  
                Una vez que bajé del avión, tomé un taxi hasta la dirección que señalaba la carta. Era una casa poco ostentosa, con un jardín de pocas flores, paredes altas, pintadas en un color crema, ventanas de madera y una puerta lisa, blanca, con un  picaporte algo despintado y bañado en un leve oxido joven. Llamé a la puerta y esperé unos segundos hasta que alguien del otro lado me atendió. Era una mujer entrada en los cuarenta, con alguna que otra cana blanca infiltrada en su melena negra, era alta, mucho más que yo.
                — ¿Debes ser Alba Balaguer?
— Sí — le respondí al escuchar mi nombre — Vengo por…
— Mi hermano — me interrumpió sin dejarme nombrar al paciente — Adelante — indicó abriéndome la puerta para que ingrese al interior del edificio — Espera en la sala. Lo iré a llamar.
Me senté en un pequeño sofá de tapizado blanco, no pude mirar mucho alrededor y hacerme una idea del ambiente donde residía el paciente, porque la mujer volvió al minuto, acompañando a un hombre, posiblemente unos años menor que ella, que lo escoltó hasta que tomó asiento frente a mí.           
— A pesar de que es mi propia casa, mi hermana insiste en ayudarme a moverme en ella — la voz del hombre era vocalizada en un tono bajo, su voz sonaba algo áspera y grave para mis oídos. No era desagradable para nada.
Le sonreí levemente, a pesar de que él no podía saberlo. Había sido más bien una acción involuntaria que no pude detener.
— Bueno, usted seguramente ya sabe quién soy, mi nombre es Alba, he venido a...
— Claro que lo sé — me interrumpió con una sonrisa agradable en el rostro — Graduada en honores de la universidad de medicina de Harvard, además de poseer una licenciatura en psicología, su coeficiente intelectual es de ciento cincuenta y ocho, dos puntos por debajo del de Einstein…— se quedó inmóvil unos segundos pensando — Creo que no me olvido de nada… ¡Ah sí!, además es intérprete de ocho idiomas.
Me quedé muda unos milisegundos, me había impresionado como sabía tanto de mí.
— ¿Cómo sabe todo eso? — le pregunté, intentando ocultar mi desconfianza.
— No se preocupe. No soy un acosador ni nada por el estilo, simplemente quería saber quién era el que se haría cargo de mi... ¿Discapacidad?, realmente no sabría cómo llamarlo.    
— Bueno para eso mismo estoy aquí, así que empecemos de inmediato — tomé una ficha de notas de mi maletín y me removí en mi mismo lugar, intentando ponerme cómoda — Empecemos por lo más básicos: nombre.
—  Andrea Cicero Romano.
— Muy bien, Andrea— luego de anotar su nombre completo, seguí con la siguiente categoría — Lugar y fecha de nacimiento.
— Veintidós de julio de mil novecientos ochenta y cuatro, en Siena, aunque resido en Madrid desde los últimos diez años.  
— Bien, ahora cuénteme sobre lo que le ha sucedido, por favor no omita ningún dato, el detalle más pequeño puede ser altamente relevante.  
Andrea asintió, como en un signo de comprensión y se dispuso a contarme su historia.   
— Cuando tenía veintidós años, luego de recibirme en la universidad de ingeniería, decidí mudarme a Madrid, siempre había sido un sueño desde niño: Vivir en España. Aquí conocí a alguien muy especial. Su nombre era Elena. Era una chica algo misteriosa, pero sumamente agradable. No fue muy difícil acercarme a ella, y rápidamente nos convertimos en amigos. Ella pasó a ser una persona muy importante para mí, pero nada más que eso, una amiga, una hermana con quien pasar el rato. No me di cuenta del momento que ella comenzó a enamorarse de mí, desearía haberlo hecho, así me hubiera ahorrado de todo el dolor que le ocasioné, y de las consecuencias que vinieron a causa de ese dolor. Ella me confesó su amor. Intenté rechazarla de la manera menos dolorosa, pero no fue suficiente, ese día descubrí que Elena era una persona rencorosa. Ella dijo “Como no eras capaz de ver lo que estaba frente a ti, cuando quieras hacerlo ya será tarde, porque morirás”. Desde entonces llevó esta venda en los ojos, evitando la muerte. Si bien soy capaz de ver, debo obligarme a ser como un ciego. Los colores, la luz, incluso la oscuridad, debo ocultarlos de mis ojos.
Quise decir algo, pero las palabras no salían de mi boca, estaba lo suficiente impactada como para pronunciar cualquier cosa inteligible. ¿Acaso era una broma?, se supone que vendría a ver a alguien enfermo de ceguera, no alguien con un claro síntoma de hipocondría, y en el peor de los casos que podría estar desarrollando esquizofrenia. Tal vez podría recetarle algún medicamento para contrarrestar esta percepción errada de la realidad que estaba experimentando, pero lo que más me extrañó fue que Andrea no aparentaba ser un paciente que sufriera psicosis, todo lo contrario, su forma de hablar, su lucidez, eran signos de una persona mentalmente sana, pero también debía recordarme que ninguna persona normal llevaría una venda veinticuatro horas al día en los ojos a causa de una maldición. Realmente me encontraba muy confundida, a pesar de que el diagnostico era simplemente lógico, por más que intentara ignorar aquella sensación, esa corazonada, estaba ahí y no se apartaba de mí, obstruyéndome para tomar una decisión final.
— Entonces, su ceguera es a causa de una maldición — no estaba muy segura si aquellas palabras sonaron como una afirmación o una pregunta.  
— Yo no creía en las brujas, hasta que mi examiga me maldijo — lo dijo de manera cómica, parecía tomarse el tema de su maldición de muerte de muy buena manera.   
— Y ¿Nunca se sacó la venda de los ojos?
— Claro que no, si no ya estaría muerto.
— Primero haremos un par de análisis, para comprobar que no haya ninguna anomalía física.
Andrea pareció complemente dispuesto a colaborar y someterse a cualquier estudio que fuera necesario.
Pasaron varios días, entre estudios de sangre, tomografía computada, incluso se sometió a algunas pruebas para comprobar su esquema cognitivo y mental. Los resultados fueron sorprendentes, no existía ninguna clase de anormalidad. Es más descubrí que era un hombre muy inteligente, era capaz de resolver cuentas matemáticas con solo la mente, y fue competente a la hora de solucionar juegos lógicos en tiempo récor. Su cerebro estaba completamente sano. ¿Entonces que estaba mal en él? Le insistí en varias oportunidades que retire la venda, pero él se opuso amablemente, siquiera era una persona violenta, incluso resultaba que tenía una personalidad muy alegre y simpática, acostumbraba a recurrir a chistes o reírse de sus propias desgracias con aquella suave carcajada, que parecía lanzar desde lo más profundo de su ser, como si realmente disfrutara reír.   
Pasaron las semanas y el caso de Andrea cada vez se metía más en mi cabeza. Incluso estaba comenzando a desvelarme en solo pensar en su ello. No sólo la idea de no saber qué hacer era lo que ocupaba mi mente, Andrea también lo hacía, ese hombre se había ganado un lugar en mi corazón, no había podido evitar encariñarme con él, tal vez era su carácter cálido, su voz algo seductora o su carcajada cargada de vida, no lo sabía, pero no podía dejar de pensar en él. Y me avergonzaba reconocerlo, pero la delgada línea de profesionalidad que nos separaba de la amistad estaba comenzando a desaparecer, se erosionaba como la piedra expuesta al agua o al viento, lo hacía lentamente, pero podía sentir como desaparecía.  
Estaba sentada sobre mi cama intentando pensar en otra cosa, pero no podía. Una vibración acompañada de una melodía que conocía  a la perfección resonó en el silencio, cortando el hilo de mis perennes pensamientos que parecían no tener fin. Era una llamada de voz. Si bien Andrea no podía escribir mensajes de texto, eso no se significaba que debía estar incomunicado.  
— Buenas tardes, doctora ¿Qué harás en la noche?
— Estaba pensando en revisar tus estudios una vez más, tal vez puede que se me haya pasado algo por alto.
— Ya los revisaste muchas veces, déjalos para otro momento. Tengo antojo de Tostones de queso y tomate. Conozco un restorán que hace entregas a domicilio, y que realmente es para chuparse los dedos.
Me mantuve en silencio unos segundos, como si estuviera pensando si aceptar su oferta, cuando la decisión la había tomado desde el momento que escuché su voz.
— No sé, tengo mucho que hacer, también tengo que llamar a mi universidad por unos asuntos de suma urgencia.
— Déjalo para mañana.
— ¿Nunca escuchaste el dicho de “Nunca dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”?
— Sí, por eso mismo, no me rechaces, porque puede que mañana ya no tenga antojo de tostones de queso y tomate — reí levemente a causa de su chiste.
— Bueno, bueno, por esta vez ganas.
No pude ocultar la sonrisa de mi rostro, desde un principio mi respuesta era un “Sí”, pero tuve la absurda necesidad de obligarlo a insistirme un poco.
No tardé mucho en prepararme. Me bañé y vestí, a pesar de saber que no me vería quería verme atractiva. Un sentimiento doloroso cruzó por mi mente cuando estaba peinándome frente al espejo. Si alisaba mi cabello, él no lo sabría, si usaba maquillaje sutil pero seductor, él no lo vería. Pero en cambio elegí el perfume más sabroso que tenía, eso podría percibirlo.   
Toqué a su puerta y Andrea me recibió con un cálido abrazo. Hoy su hermana no nos haría compañía, si bien, ella tenía su propia familia y vivía en otra casa, todos los días pasaba a visitar a su hermano para asegurarse que todo anduviera en su respectivo lugar. Era una hermana bastante sobre protectora, sin importar que su hermano tuviera treinta y dos años.
Andrea y yo caminamos hasta el comedor, tomados de la mano, no estaba segura si era un gesto de asistencia por que él no podía ver, o si ese contacto significaba algo más, porque si fuera un toque casual, mi corazón no se agitaría de manera tal alocada, como lo hacía en ese momento.
El repartidor del restorán no tardó en llegar, Andrea le pagó y yo en cambio tomé la bandeja envuelta en aluminio. Serví los tostones y nos sentamos uno en frente del otro, a degustar la comida, el queso aun caliente era delicioso, y el tomate jugoso y dulce, una delicia para el paladar. Mis ojos no se apartaban de Andrea un segundo, lo admiré, aun que parte de su rostro estaba oculto detrás de una venda blanca, podía decir que tenía facciones atractivas y rasgos masculinos marcados suavemente, una nariz recta oculta debajo de la tela blanquecina, y labios delgados y de poco color, hacedores de sonrisas brillantes y carcajadas tentadoras.  
— ¿Sabes?, a pesar de que no puedo ver generalmente siento la mirada de la gente sobre mí. Es una sensación extraña.
Me sonrojé de inmediato. Agradecí que Andrea no pudiera verme, si no moriría de la vergüenza.
— No te preocupes, yo me siento de la misma manera.
Me quedé estática, sus palabras fueron como un interruptor que detuvieron mi corazón. Quería preguntarle a que se refería con aquellas ambiguas palabras, pero sería hipócrita de mi parte hacerle aquella pregunta, yo era lo bastante perspicaz como para interpretar el ambiente a mí alrededor.                 
— Me he enamorado de ti, y sabiendo que siendo capaz de verte con mis ojos, el deseo de conocerte de aquella manera es casi insoportable, el deseo de deshacerme de la venda que obstruye un paso más para conocerte mejor es el peor de los castigos. Es cierto que si veo moriré, pero el no verte me está matando.      
Andrea llevó sus manos a su venda y las mantuvo allí unos segundos. Sus dedos se movieron una milésima de centímetro y los detuve allí asustada, con miedo a verlo morir, con miedo a perderlo.    
— No lo hagas.
— No me importa morir, si al hacerlo lo último que veré será tu rostro.
No pude objetar nada contra aquellas palabras, entonces fui testigo como, Andrea, lentamente llevó las manos a su nuca para desanudar la venda. Retiró el velo blanco que resguardaba sus ojos del resto, pausadamente, temiendo a la muerte, pero impulsado por un  sentimiento mayor.
Sus pestañas eran oscuras y largas. Mantuvo los parpados cerrados, unos segundos que parecieron una eternidad, cuando se decidió a abrirlos mostró un color café, brillantes, era como si dos hermosos topacios imperiales me mirasen con amor.  
Andrea se acercó hacía mí, recostándose levemente sobre la mesa, sus dedos viajaron hasta el fondo de mi cabeza, entrelazándose con mi cabello.  
— Hermosa.  
Dijo una sola palabra, la única que pudo decir al verme. Me miró durante minutos, me observó como si fuera una obra de arte. Al principio entrecerraba sus ojos, los cuales estabas desacostumbrado a la claridad, pero lentamente los fue abriendo, sus pupilas se dilataron captando la luz que le rodeaba, y yo me veía reflejada en ellos, era como un espejo, podía ver lo que Andrea veía.  
Andrea acortó la distancia que nos separaba, la consumió como las llamas lo hacen al oxigeno, y a las flores. Sus labios se depositaron sobre los míos, de manera delicada, como si su destino fuera un  puerto de porcelana, y me besó como si mis labios supieran a frutillas, y a azúcar. Nuestras bocas eran mensajeras, llevaban buenas nuevas de amor y cariño.
El resto de la noche fue escenario para nuestro amor profesado, si bien nunca abandoné el temor de su muerte, él siguió viviendo, siguió besándome y dándome su amor. Tal vez la maldición nunca existió.   
Dormí a su lado, viéndolo dormir, hasta que el propio sueño me venció.       
La calidez de la mañana fue lo que me despertó. Me senté en la cama, algo confundida hasta que logré reconocer la habitación y recordar lo que había sucedido la noche anterior. Me giré en dirección a Andrea, quien seguía recostado en la misma posición de ayer.
— Andrea — lo llamé, pero no respondió. Un familiar sentimiento de temor se alojó en mi pecho — Andrea — volví a insistir, pero esta vez lo sacudí del brazo levemente. No hubo respuesta.    
No podía ser cierto, las maldiciones, brujas, fantasmas, extraterrestres y todas aquellas cosas extrañas no existen, no eran más que un producto de la imaginación humana. Los mitos siempre seguirán siendo mitos. Y las cosas inexplicables nunca se podrán explicar, porque simplemente no existen. Me obligaba a tener esos pensamientos, a no desistir, a no pensar de manera pesimista, a no dejarme llevar por la superstición, a no pensar lo peor. Seguramente Andrea tenía el sueño pesado.   

Me recliné para comprobar su respiración y su pulso, y fue cuando el peor de mis miedos se hizo realidad. Andrea estaba muerto.